Voces

sábado 5 dic 2020 | Actualizado a 05:09

El fraude de gritar fraude

/ 25 de octubre de 2020 / 07:03

Recuerdo la primera vez que escuché la frase “la historia la escriben los ganadores”. Me la dijo mi padre y escucharla de niña me marcó profundamente.

Estamos acostumbrados a confiar en la autoridad de los académicos, los maestros, los historiadores, los sacerdotes y los periodistas. Se nos ha enseñado desde niños a creer que esas personas hablan desde los hechos y con las más nobles intenciones. Pero cuando entendemos que la historia la escriben los vencedores, desarrollamos una saludable mirada crítica, una necesaria suspicacia. ¿Por qué esta persona afirma lo que afirma? ¿En qué se basa? ¿De dónde parte? ¿Cuál es su motivación, cuál el resultado de creerle?

Una mirada a los editoriales y afirmaciones de opinólogos de toda laya en los medios de comunicación nos muestra que la “noción de verdad” se construye enunciándola.

En 2019, la narrativa del “monumental fraude” fue creada de manera deliberada, multiplicada entusiasta y a-críticamente por los medios masivos, el Internet, los analistas y los líderes de partidos de oposición desde mucho antes de las elecciones del 20 de octubre. La narrativa del fraude se alimentó, además, de la narrativa de que el Tribunal Electoral estaba al servicio del gobierno de Evo Morales. La cobertura de medios y redes sobre las decisiones, declaraciones y figura de María Eugenia Choque desde su designación como presidenta del TSE estuvo teñida de prejuicios, descalificación, sospecha y racialización. La idea de que las elecciones iban a ser poco limpias se implantó en el discurso general desde 2018, y la elección de la Sra. Choque —una mujer de pollera— a la presidencia del órgano llamado a organizarlas, en lugar de ser celebrada como un hito en la participación social y política de las mujeres y los indígenas, fue inmediatamente vista como la manipulación del Órgano Electoral por parte del gobierno de Evo Morales. Que María Eugenia Choque haya vuelto a la cárcel mientras Antonio Costas sigue en arresto domiciliario se puede explicar solamente porque él es blanco, hombre y de clase media, mientras que ella ha cometido el “crimen” de no cumplir con esos requisitos.

La falsedad y perfidia de la narrativa del fraude en 2019 se ha visto ampliamente revelada por los resultados de las elecciones del domingo pasado. No solamente se demostró que el MAS tuvo entonces y tiene ahora la capacidad de ganar en todo el territorio nacional, sino que en las mesas específicamente señaladas por la OEA como “sospechosas” por el alto porcentaje de votación a favor de una sola fuerza, se repitió y hasta superó esa mayoría aplastante. Igual que en el país entero: el MAS obtuvo cientos de miles de votos más que el año pasado.

Y sin embargo, otra vez salen las banderas al cuello gritando fraude. Como el año pasado: sin pruebas, con el único argumento de su bronca con el resultado. Otra vez convocan a la violencia en nombre de la democracia. Otra vez se atribuyen a sí mismos la voluntad del pueblo entero y se niegan a aceptar que existe un país distinto al que ven en sus redes sociales.

Algo, sin embargo, ha cambiado: esta vez están monumentalmente solos. No hay académicos, maestros, historiadores, sacerdotes o periodistas que los secunden. No se ha construido una “noción de verdad” alrededor de la idea de un nuevo fraude. ¿Será la contundencia del resultado? ¿Será el desgaste y el cansancio después de un año de pérdidas económicas y retrocesos políticos? ¿Será la ausencia de una OEA que garantice la impunidad de la mentira con sus informes? De cualquier forma, el daño está hecho. El fantasma del fraude está suelto y seguirá persiguiendo no solo a este gobierno electo, sino a todos los gobiernos futuros. ¿Por qué vas a respetar un resultado adverso, si puedes patear el tablero y gritar fraude?

Verónica Córdova es cineasta.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Honrar a los muertos

/ 22 de noviembre de 2020 / 01:20

Hubo un tiempo en que la muerte, esa acechante compañera, era siempre recibida con respeto. Aquel que dejó de ser y de estar, era temido por su capacidad de llevarte consigo. Sus familiares más cercanos eran compadecidos, contenidos y amparados por los vecinos y amigos. La gente dejaba de hablar y se paraba en respeto cuando pasaba un desfile fúnebre por la calle. Los cementerios se visitaban en contrición y las tumbas se decoraban con cariño.

Hubo un tiempo en que habría resultado impensable que un grupo de parlamentarios abandone una sesión airadamente, en protesta por una iniciativa de honrar a los muertos. Hubo un tiempo (¿quién lo diría?) en que ni la Policía ni el Ejército se hubieran atrevido a gasificar un cortejo fúnebre, que llegaba a la ciudad con los difuntos de Senkata en sus ataúdes. Quizás para convencernos de que esa situación increíble sucedió realmente, queda la imagen de los ataúdes desperdigados por la avenida, rodeados de gases y custodiados de los tanques apenas por un muchacho en cuclillas, protegiéndose la cabeza y llorando de indignación, de duelo y también, seguro, por efecto de los químicos.

Hubo un tiempo en que un periódico no se atrevería a seguir pisoteando la memoria de los muertos, mintiendo repetida y descaradamente acerca de las circunstancias en que cayeron. En su edición de hoy 19 de noviembre, en una nota titulada Un año después, persiste dolor y división por muertos de 2019, Página Siete publica que en Senkata “los movilizados dinamitaron el muro del recinto e intentaron ingresar, pero fueron contenidos por militares”.

Nadie nunca intentó dinamitar la planta de Senkata. Las imágenes filmadas y los testimonios de víctimas y testigos de esa horrible mañana muestran a una multitud desesperada que empuja el muro, porque cree que dentro de la planta hay heridos de bala. Ninguna de las pericias técnicas de los múltiples organismos de derechos humanos que han investigado el evento han podido demostrar que en ese muro se haya usado dinamita. Página Siete mintió en su edición del 21 de noviembre de 2019, cuando dijo que los vecinos de Senkata “volaron dos muros con explosivos”. Y, un año y muchas investigaciones después, sigue mintiendo. No es casualidad: la narrativa del muro dinamitado sirve para convertir un episodio de represión en un ataque terrorista. Las víctimas se convierten entonces en agresores y se justifica así el tendal de muertos, heridos y presos que resultaron de esa masacre. Las víctimas se estigmatizan así como vándalos violentos, y hasta los doctores y enfermeras se ensañan con los heridos y los torturan en lugar de curarlos.

Hubo un tiempo en que, aun si no conocíamos personalmente al difunto, callábamos con respeto frente a su tumba. No nos atrevíamos a insultarlo, a burlarnos del duelo de sus seres queridos, ni a escribir o decir que merecía morir cuando lo hizo. Guardo en mis redes sociales comentarios terribles de personas comunes (¿padres ellos mismos? ¿madres? ¿hijos?) no solo justificando la masacre, sino incluso alguno lamentando que no haya explotado todo El Alto. Hubo un tiempo en que no nos odiábamos tanto, no nos deseábamos la muerte uno al otro. ¿O quizás simplemente nos cuidábamos de decirlo?

Hubo un tiempo en el que, cristianos o no, estábamos todos de acuerdo con el “no matarás” que era la base mínima de nuestra convivencia en grupo. Hubo un tiempo en el que creíamos que honrar a los muertos era hacerles justicia. Hubo un tiempo en el que demandar justicia por los muertos no era percibido como persecución política. ¿Regresará alguna vez ese tiempo de respeto elemental por la vida, para que podamos sanar nuestras heridas?

Verónica Córdova es cineasta.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Que nos perdonen, por este día, los muertos de la felicidad

/ 8 de noviembre de 2020 / 03:32

Cuando estas líneas se publiquen, el pueblo estará volcado en las calles acompañando la posesión de un nuevo gobierno surgido en la legitimidad de las urnas. Vamos a celebrar, porque ninguna lluvia negacionista va a ahogar nuestra fiesta. Vamos a retomar festivamente esas calles de las que nos han ahuyentado con insultos y pititas. Vamos a elevar al cielo nuestros sahumerios y vamos a quemar nuestras waxtas, porque la Pachamama ha vuelto al Palacio de Gobierno y la wiphala flamea en la plaza donde nunca debió ser quemada. Se vienen tiempos difíciles, por eso con mayor razón nos vamos a alegrar, vamos a bailar y reír y encontrarnos (nos dejaremos debiendo los abrazos). Vamos a recargar nuestras fuerzas para que las nuevas luchas que se aproximan nos encuentren listos para resistir, renovar, reconducir y reconstruir nuestra Patria.

Desde el 18 de octubre vivimos una especie de amanecer, frío y lento pero lleno de esperanza. El sol va apareciendo luego de una noche larga, en la que sufrimos el racismo más descarado, vimos surgir los discursos más descabellados, vimos cómo se abrieron deliberadamente heridas viejas y nuevas, cómo se atizaron los odios y se destruyó todo lo creado en décadas de sacrificio.

La negra noche de la dictadura nos dejó rotos y cansados, pero a la vez nos permitió mirar la dimensión verdadera de nuestro proceso: encontrar sus errores y fallas, revelar sus hipocresías y sus limitaciones, criticar sus liderazgos y reconducir sus objetivos. Ante cada traición se forjaron nuevas alianzas. Ante cada compañero ausente —por persecución, cárcel, asesinato— se renovaron nuestros cuadros. Tenemos muchas injusticias y duelos que lamentar y reivindicar, pero también estamos encendidos de fuerza: hemos visto la conciencia en acción, en movimiento. Hemos visto a millones reafirmando a diario su disposición a seguir un camino que no tiene 14 años: tiene siglos. Antes de Evo estuvieron Domitila Chungara y Federico Escóbar, estuvo Luis Espinal, estuvo Marcelo Quiroga Santa Cruz. Antes estuvieron Leandro Nina Quispe, Avelino Siñani, Bernardino Racua, Santos Marka Tula, Zárate Willka y Apiaguaki Tumpa. Antes estuvieron Tupaj Katari, Gregoria Apaza, Bartolina Sisa, Tomás Katari.

Esta no es una victoria del MAS, es resultado de una lucha de siglos. La estrategia electoral es la versión contemporánea de un proceso que antes utilizó otros instrumentos: la sublevación anticolonial, el apoyo armado a uno de los bandos en la Guerra Federal, las demandas legales de los Caciques Apoderados, el establecimiento de proyectos de educación indigenal, las tomas de tierras durante la Revolución del 52, la resistencia ante las dictaduras. Solo a través de ese itinerario se puede comprender al sujeto social que se ha forjado desde la invasión hasta la independencia, desde la derrota hasta la victoria, desde la  sublevación hasta la toma del poder en las urnas.

Vamos a celebrar esta victoria, aunque mañana nos toque empezar la lucha de nuevo. No nos cansamos. Nuestra lucha viene de siglos, nuestros muertos se cuentan por millones. Nuestra fuerza viene de la Pacha (que es el equilibrio del universo) y de los Achachilas (que son la fuerza encarnada de nuestros antepasados). Por eso sabemos que cada caída es el impulso para levantarnos con más fuerza, con nuevas estrategias, para dar nuevas batallas, para vencer, para ser vencidos otra vez y para levantarnos de nuevo. Así lo venimos haciendo hace quinientos años. Y lo vamos a seguir haciendo durante los próximos quinientos.

Verónica Córdova es cineasta.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

El ministerio de Culturas

Es fundamental que la cartera que gestiona el ajayu de la sociedad sea Ministerio y no Viceministerio

/ 4 de noviembre de 2020 / 12:34

Una vez asentado el polvo de las elecciones y con los ojos puestos en el periodo nuevo que comienza, toca priorizar las tareas urgentes, aquellas de las que depende nuestra supervivencia. Y una de esas tareas ineludibles e impostergables, es la cultura.

Un país dividido, herido profundamente como es el nuestro ahora, necesita más que nunca que sus manifestaciones culturales le permitan a sus ciudadanos reconocerse, más allá de sus diferencias, como miembros de una misma comunidad imaginada. La desconfianza, el racismo, la división, los radicalismos, la intolerancia no se eliminan con decretos o resoluciones ministeriales. Esas heridas solo pueden sanar con canciones, con novelas, con rituales, con historias, con imágenes que nos hagan sentir que somos, en última instancia, miembros de una misma gran familia.

Por eso, para reconstruir el país destrozado por un año de dictadura, el nuevo gobierno no solo debe reponer el Ministerio de Culturas sino fortalecerlo, hacerlo eje central de sus políticas. Frente a una acechante pandemia, frente a una crisis económica, frente a una virulenta oposición política, la única forma de sobreponerse es con unidad y tolerancia. Y lo único que nos une, más allá de todas nuestras diferencias, es la cultura boliviana.

¿Debe el Estado gestionar la cultura?

Es una pregunta que se ha debatido ampliamente a partir de la eliminación del Ministerio de Culturas, en junio pasado. Para responderla, es importante definir la cultura —o, más propiamente, el plural las culturas— como la forma de vivir, de comunicarse y de interactuar de una comunidad, entre sus miembros, con otras culturas y con la naturaleza.

Por otro lado, simplificando mucho, podemos definir al Estado como un agente que organiza la vida en sociedad. De esa clarificación, resulta obvio que el Estado debe gestionar la cultura, en el mismo sentido en que gestiona, organiza o modera otros aspectos de la vida en sociedad, como el intercambio económico o la administración de justicia.

Es en esa lógica que eliminar el Ministerio de Culturas no solo es criminal, sino que es de una ignorancia enorme. La cultura es la columna vertebral, el esqueleto de la sociedad. Y un Estado que no asume o entiende esa realidad está tomando decisiones sobre una piltrafa sin esqueleto, sobre un ropaje sin forma, sobre una entelequia vacía.

Mucho del debate acerca de la necesidad de una gestión estatal de las culturas está enfocado en la utilidad de un ministerio, entendido como un aparato burocrático que funciona como mecenas para los artistas. Esa mala interpretación ha llevado el debate a un terreno equívoco. Si bien los artistas son ciudadanos que se definen como productores de arte, ellos no son los “beneficiarios” del Ministerio de Culturas, lo es la sociedad toda: lo son todos los ciudadanos —que intercambian cultura cada día, en cada una de sus interacciones.

Más allá de la tristemente célebre calificación de la cultura como “un gasto absurdo”, lo cierto es que incluso varios ministros y ministras de esa cartera traicionaron la revolucionaria concepción del Ministerio como gestor y facilitador de las culturas, y redujeron esa cartera a un promotor de las Bellas Artes. Las artes son parte importante del entramado de la cultura, por supuesto, pero también lo son las expresiones rituales y religiosas, la filosofía, la memoria, el patrimonio, las manifestaciones vivenciales y muchos otros aspectos que no están enmarcados en las disciplinas artísticas occidentales o académicas.

El objetivo de un Ministerio de Culturas es gestionar todas las actividades culturales, incluyendo a las Bellas Artes, pero no reduciéndose a ellas. Y gestionar significa promover, proteger, fomentar, difundir, enseñar, premiar, financiar, es decir crear condiciones estructurales para que sigan existiendo y multiplicándose. Un Ministerio de Culturas es un puente entre la sociedad, sus culturas y el Estado. Y en el contexto actual, la misión del Ministerio debe priorizar la interculturalidad y la descolonización, en lugar de reducirlas a apéndices burocráticos, como se hizo en el pasado. 

Es, además, fundamental que la cartera que gestiona el ajayu de la sociedad sea Ministerio y no Viceministerio o Dirección, porque es equivalente en importancia a la salud, la economía o la educación y debe por tanto ser equivalente en jerarquía. Es fundamental que sea un Ministerio porque así se reconoce su centralidad en el Estado, y porque necesita tener capacidad de gestión, presupuesto suficiente e interlocución con todas las instancias de gobierno en el nivel más alto.

El MAS y la cultura

El Movimiento Al Socialismo llegó a poder en 2006 enarbolando una “revolución democrática y cultural”. La primera parte de esa promesa se ha cumplido: revolucionar el país democráticamente, a través del voto, para nacionalizar los recursos naturales y las empresas estratégicas, mejorar la economía y redistribuir ingresos para sacar a millones de personas de la pobreza. Generar proyectos de desarrollo para las áreas rurales, en los sectores de salud, educación, infraestructura, riego, caminos…

La segunda parte de la promesa, sin embargo, quedó solamente en palabras. No se priorizó la cultura como estrategia revolucionaria, ni se trabajó lo suficiente en crear una conciencia y un proyecto común. No se entendió que las actitudes no se cambian con leyes y que nuestra sociedad, teñida por siglos de colonialismo y racismo, necesitaba un enorme esfuerzo en el área de la cultura (en el alma de la gente) para transformarse verdaderamente. Los esfuerzos que se hicieron, casi al final de la gestión, se concentraron otra vez en las bellas artes y en los artistas, y no en la sociedad toda. Cuando se fomentó la formación de jóvenes y se dedicó recursos a becarlos, fue solamente para áreas de tecnología o productividad, olvidando la cultura como eje fundamental de la transformación social. No se tuvo la lucidez para asumir que es costoso para el Estado sostener una cultura propia, pero es aún más costoso para la sociedad el no tenerla. El resultado lo vimos en noviembre pasado y lo vemos ahora: un país desgarrado por la intolerancia.

Se abre ahora una oportunidad, la última, para corregir estos errores. No se trata solo de reponer un ministerio: se trata de entender que la cultura es la única forma de curar nuestras heridas más profundas.(*) Verónica Córdova es cineasta, doctora en Estudios Culturales

Comparte y opina:

(In) Certidumbres

/ 11 de octubre de 2020 / 07:01

Ante los resultados de las encuestas, candidatos y analistas han celebrado la posibilidad de re-editar la democracia pactada, esa que durante décadas convirtió al Estado en un botín de guerra. Era previsible: frente a la posible victoria del Movimiento Al Socialismo, la única opción que les queda a los otros partidos es negociar alianzas por la democracia y acuerdos patrióticos que les permitan aspirar a una gobernabilidad pactada. La propia Jeanine Áñez renunció a su candidatura afirmando que ese era el único camino para evitar el triunfo de los que ella llama “salvajes”. Resulta irónico que quienes afirman que en 2019 el MAS recurrió a un “monumental fraude” para ganar las elecciones, tengan ahora la certeza de perder si no recurren a medidas extremas, como juntar peras con manzanas o cruzar ríos de sangre.

Lo cierto es que la derecha sabe que el MAS no ha perdido su núcleo duro de votantes, aunque minimiza su cohesión y lo quiere creer mucho menor de lo que es realmente. Esa excesiva confianza en la derrota que dicen haberle infligido a su enemigo ideológico es lo que explica la fiebre de candidaturas. Ahora es cuando —se dicen. Si no llego a ganar la presidencia, por lo menos voy a poder sacar una tajada de poder en la Asamblea —se alientan. Toda inversión que haga ahora será recompensada cuando venda y alquile mi apoyo en la Asamblea futura —se convencen.

Lo que su odio no les deja ver es que el MAS ha sido golpeado, pero se levantó rápido y más fuerte. El voto duro en las elecciones de 2019 llegó al 47,08%, un porcentaje consistente con el referéndum de febrero de 2016, en el que el Sí obtuvo el 48,7%. ¿Qué razón puede tener una persona que votó por el MAS en octubre para apoyar ahora a un candidato de la derecha?

Supongamos que una parte de ese apoyo haya sido el voto de aquellos que ponían su confianza en Evo como persona. Se podría pensar que esos votantes retirarían su apoyo al MAS al no ver a Evo como candidato. Es una hipótesis que no se sostiene fácilmente, pues justamente la persecución y los insultos que sufre Evo Morales cotidianamente en manos de los partidos de derecha es razón suficiente para que cualquier “Evista” se ponga la camiseta del MAS, independientemente del candidato que este partido presente. De hecho, hubo muchos que en octubre votaron en contra de Evo porque llegaron a convencerse de que un cuarto término era excesivo, o se dejaron llevar por la insistente narrativa de “autoritarismo” y “corrupción” que inundó los medios y las redes. Pero a la luz de la violencia, el racismo y la corrupción que se develaron desde el golpe de Estado de noviembre, muchos de esos votantes afirman que volverán a apoyar al Movimiento Al Socialismo. O no lo dicen abiertamente y pasan a engrosar el porcentaje de N/S en las encuestas.

En definitiva: el MAS tiene sobradas posibilidades de alcanzar más que el 41% que le dan en voto válido las encuestas más recientes, ganando incluso en primera vuelta. Si bien no lo dice, la derecha sabe perfectamente que éste es un escenario no solo posible sino muy probable. Y algunas señales que nos están dando son claras: los grupos paramilitares que asedian al Fiscal General en Sucre y al presidente del tribunal electoral de Santa Cruz; los grupos de intolerantes de ambos bandos que queman casas de campaña, apedrean caravanas y muestran sus nalgas a ciudadanos que expresan preferencias políticas contrarias; las amenazas del ministro Murillo y de la Presidenta de facto, los rumores que hierven en redes sociales, involucrando a militares, policías, armas y cuarteles. Todas son señales que deben alarmarnos. Esperemos que el día de las elecciones no se genere esa violencia en los recintos electorales. Esperemos que, una vez anunciados los resultados, no se repitan las declaraciones altisonantes, los llamados a no aceptar las reglas del juego, las quemas de tribunales electorales, los jóvenes embanderados clamando fraude sin pruebas. Esperemos, en fin, que ante un resultado desfavorable ninguna de las partes decida patear el tablero electoral y sacarse la máscara democrática.

Las elecciones son el último puente, la última barrera. Si fracasan otra vez ¿qué nos queda? La enorme responsabilidad de que estas elecciones salven lo último de institucionalidad, de democracia y de convivencia pacífica que tenemos no solo está en hombros del Tribunal Supremo Electoral o de los partidos en contienda. Es también la responsabilidad de cada ciudadano. Debemos demostrarle al sistema de partidos que no estamos dispuestos a seguir en la incertidumbre. Debemos votar con confianza en nuestro destino común y defender la regla más simple de la democracia: Que gane quien obtenga más votos.

Verónica Córdova es cineasta.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Narrativas

/ 27 de septiembre de 2020 / 06:55

Una de las consecuencias funestas de la comunicación por redes es la velocidad con la que se imponen consignas: esas formas del discurso que movilizan sin resistir un mínimo análisis. ¿Para qué estudiar estadísticas, revisar datos, confrontar ideas, analizar tendencias o profundizar argumentos, si se puede responder con una frase hecha que, a fuerza de repetirse, se convierte en verdadera?

“Fraude monumental” es un ejemplo de consigna, repetida hasta la náusea tanto por internautas sueltos de lengua (o de dedo, para ser más precisos) como por políticos, analistas y periodistas —si es que podemos seguir llamando así a algunos de ellos, puesto que no solo por trabajar en un medio de prensa adquieres el derecho a considerarte miembro de ese valioso gremio. Nadie, entre quienes defienden la teoría del fraude, ha presentado pruebas al respecto —más allá de unas hojas de Excel sin más fundamento que el deseo autocumplido. Por el contrario, universidades, instituciones y científicos de prestigio internacional han demostrado una vez y otra que el “monumental fraude” no es más que la excusa que allanó el camino para el golpe de Estado. Pero ¿para qué tomarse la molestia de leer un informe, si descalificarlo sin análisis permite justificar el papel que cada quien ha jugado en los eventos?

“Querían volar la planta de Senkata” es otra consigna que se repite para justificar una masacre de compatriotas. Ninguna de las imágenes filmadas en esas horas aciagas muestra esa intención por parte de los vecinos de la zona. Por el contrario, lo que se ve son personas derrumbando un muro con la fuerza de su sola desesperación. Lo que se ve son helicópteros y aviones volando bajo, sembrando terror; y lo que se ven son soldados y policías disparando a quemarropa. Pero ¿por qué creer las minuciosas investigaciones y dictámenes de organismos internacionales de derechos humanos, si repetir una frase me salva de ser encubridor de esas muertes?

“Tú no sufriste el terror de pasar la noche en guardia, para evitar que vengan a saquear tu barrio” argumentan algunos cuando se les cuestiona su silencio o su apoyo en las redes. A pesar de mucha indagación, todavía no he escuchado ni un solo testimonio de alguien cuya sacrificada vigilia haya sido más que una falsa alarma. La tarde del 11 de noviembre de 2019, la edición digital de Página Siete publicaba: “Una turba de ponchos rojos, de hombres y mujeres al grito de guerra civil, se aproximan al centro de la ciudad de La Paz”. Huelga decir que ninguna movilización de ponchos rojos llegó a la ciudad, porque ninguna venía. Por la noche, en mi calle de Miraflores los vecinos desesperados tocaban uno a uno los timbres de las casas, llamando a gritos para que salgamos a “defendernos”. Con fogatas y barricadas histéricas se respondía a los mensajes que llegaban de madrugada: “ya están viniendo los ponchos rojos, salgan con palos”, “están bajando de las Villas”, “ya están cruzando el Puente de las Américas”. Nadie vino, nadie estaba viniendo. Solo creer la verdad de esas afirmaciones es una muestra de racismo.

“Cuarenta muertos a causa de la falta de oxígeno” es otra de esas consignas que dejan de ser especulaciones a fuerza de repetirse. Esos 40 bolivianos que ya no están entre nosotros son tan lamentables como los otros 7.691 que murieron por falta de respiradores, de atención hospitalaria, de medicamentos, de oxígeno, en fin: de una mínima gestión gubernamental durante la pandemia.

Una de las consecuencias funestas de la comunicación por redes es que nos empuja a un radicalismo binario que se sustenta en nada más que consignas, insultos, imágenes grotescas. A eso se ha reducido el debate ciudadano. Qué pena.

Verónica Córdova es cineasta

Temas Relacionados

Comparte y opina: