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El pandémico sabor clandestino

Creador. Marco Antonio Quelca, el "casero mayor" de Sabor Clandestino, esperando con toallitas húmedas y alcohol a los comensales

/ 21 de octubre de 2020 / 05:04

El proyecto de cocina de autor no solo aplica medidas de bioseguridad, sino que reflexiona sobre la alimentación en estos tiempos

La comida callejera, la principal inspiración del colectivo gastronómico Sabor Clandestino, parecía herida de muerte cuando estalló la pandemia del COVID-19. Marco Antonio Quelca, cocinero y artista fundador de este colectivo, quien se encontraba con parte de su equipo trabajando en España en un programa que les permite capacitarse y practicar en temporada alta, vio que años de trabajo estaban en riesgo con las restricciones de bioseguridad, tanto para regresar a Bolivia como para seguir creciendo en sus proyectos. Entonces llegó la hora de reinventarse, una vez más.

Sabor Clandestino es un proyecto que nació en La Paz, producto de la reflexión y de la acción, de los saberes ancestrales en comunión con las más recientes técnicas de cocina, de la utilización de materia prima que está al alcance de todos, pero en formas insospechadas. Es una invitación para pensar, degustar y dejarse llevar.  

“El respeto por el tiempo y espacio me lleva a poder explorar algo más que insumos o productos de cada región y temporada, mis ojos están dirigidos sobre la cultura de lo cotidiano, la comida de calle, lo noble de la humildad y mis propias experiencias”, explica Quelca, —el casero mayor— quien ha destacado en diferentes cocinas nacionales e internacionales, así como en la creación de propuestas artísticas relacionadas con lo culinario.

Sabor Clandestino dio vida al proyecto Somos Calle, que nació cuestionando las tendencias actuales de la cocina de autor. El objetivo es “extraer propuestas ‘creativas’ de las cuatro paredes del restaurante” que resulta prohibitivo para la población popular, ya sea por los altos precios o por reglas de clase como la vestimenta, para ofrecer propuestas de manera gratuita, empleando la esencia de la comida de calle boliviana, brindando nuevas opciones al comensal de a pie y generando curiosidad para comer diferente.

Para poder subvencionar esto es que nació Cascándole, una experiencia gastronómica que busca llevar la creatividad culinaria a espacios abiertos y accesibles, para transmitir una cocina de compartimiento y no así una excluyente.

“Es itinerante, versátil por su temática, transversal por cubrir temas de interés social actual. Si bien se emplean técnicas conceptuales como la deconstrucción y reinterpretación, o el empleo de platillos muy populares, también se recurre a los productos considerados ‘humildes’ para realizar nuevas propuestas y aportar el concepto de comer nuestros productos, proponiendo nuevas opciones culinarias con base y fundamento en la cocina madre paceña y boliviana. El resultado final es una cocina de autor con raíces”, explica Quelca sobre su propuesta.

Desde 2014 que el proyecto fue creciendo: comenzó en una serie de cenas en la casa Hermanos Manchego, después pasó a miradores dentro de la ciudad, como El Montículo, después avanzó a temporadas completas en otros miradores más alejados en que se lleva a los comensales en un micro y nacieron finalmente las cenas en el mismísimo hogar del Sabor Clandestino. Cada elemento sensorial se fue potenciando y llegando a más adeptos. Sin embargo, la irrupción de 2020 trajo consigo la pandemia del coronavirus, existía el temor de no poder regresar al país y quedarse atrapados en España. Había miedo. Pero el momento resultó perfecto para recrearse. 

Una entrante en que se puede comer hasta el envase

Un sucumbé con sabor a coco

El precio de la experiencia es de Bs 380. Para contactos, escribir al 591 70548279.

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel vargas

Nada es lo que parece en este viaje gastronómico: un vaso de refresco con la linaza de las 10.00

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

En las faldas del cerro de Cotahuma, Marco Antonio Quelca realiza un ritual de agradecimiento

Preocupaciones pandémicas

Después de varios meses, el micro azul nuevamente estaba listo para partir. Era el primer sábado de octubre y a las 11.30 aún se esperaba a un par de comensales atrasados. A pesar de la tensa calma de la “nueva normalidad”, las expectativas del grupo estaban a flor de piel. Ahora eran menos: 10 personas, para mantener el debido distanciamiento físico, cuando lo usual era transportar a 20 para que vivan la experiencia. “No ha sido malo del todo, pues para eventos privados teníamos un mínimo de 10 personas como requerimiento, y ahora se puede hacer la experiencia privada con un mínimo de seis, lo que han agradecido muchos de los caseros”, contaba Quelca.

El micro fue previamente sanitizado y Quelca esperaba en la puerta con un difusor de alcohol y toallitas húmedas para una desinfección constante de manos. Y es que había varios platillos que se comerían con las manos, así que ninguna precaución estaría de más.

El uniforme —pasamontañas negro con el traje blanco, híbrido entre la filipina tradicional de los chef y los trajes de las comideras— ha sido siempre característica del colectivo. “Antes yo lavaba autos y he tenido que usar pasamontañas para que no me reconozcan mis compañeros del colegio”, relataba Quelca ya en el bus. El uso ahora era un homenaje a los lustrabotas y estaba relacionado con el rechazo a la figura del chef como “estrella”.

El primer tiempo se degustó en el mismo bus y surgió de estas reflexiones pandémicas: la comida para entrega en casa. Si en anteriores versiones la crítica iba sobre el abuso de los productos plásticos que contaminan el medio ambiente fomentando el reciclaje y la reutilización, ahora la pandemia elevó al plástico al carácter de imprescindible. La respuesta de Sabor Clandestino: Hacer una comida en que hasta el envase resulte comestible.

El bus llevó a los comensales hasta el mirador de Laka Uta, de Cotahuma, donde la cocina y la mesa se habían instalado. Todos portaban barbijos, pero como el encuentro era al aire libre, bajo un radiante sol y rodeados de árboles, y con la suficiente distancia entre unos y otros, se disiparon de a poco todos los temores. La tensión pandémica fue aflojando poco a poco aliviada con agua con gas, limón, manzanilla y un buen k’aj de licor de coca, tras el tributo a la Pachamama.

La degustación continuó con una serie de platillos producidos con la meticulosidad de un laboratorio: se había pensado en que los ingredientes que se utilizarían se aprovecharían al máximo; en vajilla que fue creada exclusivamente por artesanos locales, así como la forma en que se haría el emplatado. Un ritual cerró la jornada a eso de las 14.00,  en un claro entre los árboles, Quelca hizo una ofrenda al cerro de Cotahuma que había permitido que se realice allí este almuerzo. Leyendo un texto que ha escrito en su libro, el “casero mayor” recordó cómo fue que el miedo llegó al barrio tras los deslizamientos de 1996 y que fueron los árboles los que sanaron la tierra y disiparon los temores de los vecinos, convirtiéndose ese espacio en un lugar de encuentro. Que así también desaparezca la amenaza del COVID-19 en los corazones de los paceños, como ha desaparecido el sorbete de eucalipto en las gargantas de los comensales.  

A la hora de presentar a los cocineros artífices de tan singular almuerzo, cada uno se quita el pasamontañas… y se pone el barbijo; cosas de la pandemia. Con Quelca estuvieron en este servicio Lizbeth Cuentas, Rubén Armando Mamani, Martín Loría, Javier Quispe, Samiri Campos, Williams Condori, Moises Bernabé y Bryan Palenque.

Nuevos proyectos

Si la existencia de la comida callejera estaba en peligro, ahora el colectivo impulsa su transformación. Por ello es que Quelca ha encabezado la capacitación de personas interesadas en comercializar comida rápida en la vía pública en la Escuela Taller de Sabor Clandestino. Lo que se busca es crear productos nuevos que cuenten con ingredientes nutritivos y de gran sabor para mejorar la alimentación de los paceños. Muy pronto, los carritos circularán por las ciudades de La Paz y El Alto.  Por otro lado, el colectivo se va de tour. Primero estará en Santa Cruz el 31 de octubre —la recepción ha sido increíble, hemos llenado tres días de la experiencia a las dos horas del lanzamiento— y en Cochabamba estarán desde el 7 de noviembre. “Llevaremos una base de nuestra propuesta, pero en cada contexto se generará una diferente, acorde con cada lugar”, promete el guía de este viaje culinario.

El dulce que une a la familia

Ximena Prudencio y su hija Catalina Jordán han conseguido que los alfajores sean un delicioso vínculo de amor

Socias. Ximena Prudencio Bilbao y su hija Catalina Jordán Prudencio trabajan juntas con los alfajores, los muyus, de Muxsa

Por Miguel Vargas

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:16

A mi abuelita le encantaba el dulce. Si ella estuviese con vida, seguramente habría disfrutado mucho de estos alfajores”, recuerda Catalina Jordán Prudencio, chef de profesión y una apasionada por la pastelería. Durante la pandemia, mientras apoyaba a sus dos hijos en las clases en línea y desarrollaba sus actividades, encontró en su mamá —Ximena Prudencio Bilbao— una cómplice perfecta para concretar un emprendimiento lleno de sabor y basado en esta debilidad por los postres. Muxsa, “dulce” en quechua, es el nombre de la marca que han creado juntas, en una búsqueda del alfajor perfecto gracias a la técnica de Catalina y la pasión por los productos artesanales de Ximena.

Foto: Gabriela Prudencio

“En la cuarentena hemos hecho varias pruebas. De ahí surgió la idea. A mi abuela le gustaban mucho los alfajores y nos decidimos y tomamos unas clases. Acto seguido, nos lanzamos a experimentar y seguimos trabajando hasta perfeccionarlos. Los hicimos probar a familiares y amigos cercanos y, cuando estuvo listo, lo lanzamos al público”, agrega Catalina.

El producto estrella es el alfajor de manjar bañado en chocolate negro —el muyu, “redondo” en quechua— pero también hacen mermeladas caseras y pronto presentarán más sabores de alfajores. El empaque y las bolsas también son artesanales y se hacen también a mano. “Nos interesa rescatar las palabras en nuestros idiomas nativos, por eso tenemos un diccionario con términos en quechua, como la wayaqa, que es la bolsa hecha a mano o tukuy, que significa: ‘agotado’”.

Foto: Gabriela Prudencio

“Mi mamá es mi mejor amiga —dice Catalina—. Siempre nos hemos brindado mucho apoyo. Por eso trabajar juntas es importante, somos un equipo, ella es súper organizada y me jala a ser más organizada a mí. Nos repartimos tareas y cada una sabe en qué enfocarse”.

Una tercera Prudencio se ha sumado al equipo: la imagen y el trabajo en redes sociales está a cargo de Gabriela Prudencio Kaune, arquitecta de profesión, y con una sensibilidad especial para el desarrollo de imagen.

Ellas son las “Muxsas Prudencio” y de vender los alfajores a parientes y amigos, han visto crecer a un público demandante gracias al boca a boca y las redes sociales. ¿Y cuál es su ingrediente secreto? “El amor”, sonríen.

Foto: Gabriela Prudencio

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Andrés de Santa Cruz VI, guardián de su historia familiar

El bisnieto del Mariscal de Zepita domina la información sobre el árbol genealógico y la historia de su ancestro. Además, resguarda objetos históricos que le pertenecieron

Andrés Santa Cruz VI posa delante de un óleo que retrata a su bisabuelo, el Gran Mariscal de Zepita

Por Liliana Aguirre

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:10

Tiene 86 años y todo lo que le rodea lo liga con su pasado. Lúcido y ordenado, su don es resguardar la herencia más preciada que tiene, la historia de su bisabuelo, el gran Mariscal Andrés de Santa Cruz. “Yo soy Andrés Santa Cruz VI, mi nieto es el VII. Mientras que mi papá era el V. El hijo del Mariscal era el IV, el Mariscal de Zepita era Andrés III, su abuelo era Andrés II y su chozno o bisabuelo era Andrés I”, detalla respecto al nombre y apellido que llevan los varones de su linaje durante siete generaciones.

Andrés Santa Cruz Calavmana, el bisabuelo, era mestizo y nació el 5 de diciembre de 1792 en La Paz, entre las calles Comercio y Socabaya, como se ve en la copia de fe de Bautismo guardada por su descendiente. Fue hijo de Joseph Santa Cruz y Villavicencio, un criollo con título de noble, y de Juana Basilia Calavmana, heredera de una rica familia que poseía el cacicazgo de Huarina en cercanías al lago Titicaca. Se consagró como militar, fue presidente de la Junta de Gobierno del Perú (1827), el sexto presidente de Bolivia (1829-1839) y Protector de la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839). Murió en el exilio en París, Francia.

En el apartamento en el que vive el bisnieto se guardan reliquias que reflejan el esplendor de los tiempos en que el ícono patriótico vivió. “Por las pocas cosas que recuperamos  tuvieron que pagar, aunque le pertenecían a mi bisabuelo. Él tenía una casa donde actualmente es el colegio San Calixto. Las conspiraciones políticas hicieron que  turbas enardecidas saquearan todo lo que tenía, hasta las enaguas de su señora se llevaron”, narra.

El bisnieto muestra un plato de porcelana que fue parte de la vajilla que perteneció al Mariscal de Zepita, quien fue presidente de Bolivia. Foto: José Lavayén

El linaje Santa Cruz

Entre las piezas que posee, reliquias rescatadas por miembros de su familia, se observan platos de porcelana que fueron parte de la vajilla del mandatario, sillas estilo Luis XV, cuadros de su abuelo y una fotografía, en blanco y negro, en la que el personaje de más de 1,85 metros de altura posa con un traje militar de la época. La imagen fue tomada en París.

Quien recobró los objetos de la familia fue el abuelo del entrevistado, quien nació en Francia, era el penúltimo de los hijos del Mariscal y llegó a Bolivia a sus 42 años para reencontrarse con su historia en 1892. “Como la sociedad era chica, en ese entonces, se sabía quién tenía qué. Mi abuelo era militar y era comandante del Regimiento Artillería de Montaña e invirtió su dinero en recuperar los objetos, por el valor sentimental”, recuerda el VI del linaje, sin embargo solo pudieron adquirir pocas piezas ya que muchas familias pretendían precios exuberantes por los objetos que pertenecieron a su estirpe.

El segundo apellido de Andrés Santa Cruz VI es García, nació en la calle Mercado al lado del Banco Mercantil Santa Cruz, que otrora fue la casa de su progenitora. “Del lado paterno, mi abuela era holandesa y se casó con mi abuelo. Salió mi papá con ojos color grises y yo recién he heredado el tono celeste. Mis dos hijas no tienen ese tono, pero sí mis nietos”, cuenta para dar más detalles de su árbol genealógico, el cual domina con fechas y lugares. “Guardo todos los documentos sobre mi abuelo, tengo copias y hasta notas del periódico”. No hay duda de ello: en sobres tiene una fotografía de la fe de bautizo del prócer y aclara que el segundo apellido era Calavmana y no Calahumana, como suelen escribirlo.

Este ingeniero mecánico trabajó en la Empresa Nacional de Ferrocarriles. “Después vino Goni y la capitalizaron  los chilenos. Comencé en Guaqui-La Paz, atendiendo la navegación. De Guaqui a El Alto, las locomotoras eran de tracción a vapor y de El Alto hasta aquí eran eléctricas. Con mi jefe, que era un inglés que estaba en Arequipa, nos comunicábamos por telégrafo y en morse ya que esa época no había celular”. Sin embargo, ahora el celular es su aliado con el que documenta información sobre su bisabuelo para seguir nutriendo su colección de recuerdos.

Mariscal de Zepita. Foto: José Lavayén

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Salazar: Necesito libertad plena

Un año después de la censura, Alejandro Salazar —‘Al Azar’— ha vuelto al periódico laRazón. Ha vuelto a pensar por las mañanas y dibujar por las tardes para llegar a la hora de cierre. Ha vuelto para seguir retratando la estupidez humana

Al Azar. Alejandro Salazar nació en Cochabamba en 1959. El ilustrador ganó tres veces del Premio Nacional de Periodismo en la categoría de Caricatura.

Por Ricardo Bajo

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:02

Alejandro Salazar ha conocido de cerca la censura y sus intentos. Lleva décadas viendo la cara a esta pasión de inquisidores. La primera vez que la sufrió fue en los lejanos años noventa cuando la hija del dueño del quebrado Banco Boliviano Americano se “molestó” por un dibujo que la retrataba vistiendo pieles de cocodrilo (el dinero desfalcado había terminado en un paraíso fiscal llamado Islas Caimán). Luego llegó la polémica de la Miss Bolivia Gabriela Oviedo (“somos blancos, altos y sabemos inglés”) y la caricatura de un triste Carnaval de Oruro con pasantes desfilando a pesar de los muertos. También una vez recibió una “llamada de atención” de un triste personaje de la embajada estadounidense en La Paz que no entendió una caricatura sobre Obama. Nada se comparó a los dibujos con esvásticas y cañones militares prometiendo paz y reconciliación del golpe del año pasado cuando sus “compañeros” de periódico exigieron el retiro de sus obras. Salazar se autocalifica artísticamente como “anarquista libertario”. Su pequeño estudio/taller/ biblioteca está repleto de pequeñas esculturas, biografías de artistas, libros de historia, cómics, novelas de suspenso, viejos cassettes y CD de rock progresivo, un “Evito” y dos retratos, uno del alemán Alberto Durero y otro de su padre.

—¿Alguna vez algún director o propietario de medio de comunicación te ha dicho qué podías dibujar y qué no podías dibujar?

—No. Una vez Jorge Canelas me dijo: “Puedes dibujar lo que quieras pero no te metas con los curas, todavía tienen poder”. (Nota mental uno del entrevistador: no hay más que mirar qué “numerarios” han ocupado la cartera del Ministerio de Justicia en los últimos años). Me contratan para opinar sobre temas y ejerzo mi derecho a la libertad de expresión. Alguna vez, por las reacciones ante mis dibujos, he llegado a pensar que estaba cruzando la raya pero se me pasaba rápido. Soy consciente de que existen derechos más importantes, así que si un dibujo mío puede causar males mayores, me lo pienso dos veces. Por ejemplo, en la polémica sobre el Carnaval de Oruro, había gente que había perdido un familiar y mi dibujo pudo herir sus sentimientos. El problema es que el dibujo no es un arte tan preciso como la palabra y a veces no puedes controlarlo todo.

—¿Tienes reglas?

—Varias, por lo menos dos: no ofender ni herir a las personas en particular. Y no insultar. Me gusta dibujar y reflexionar sobre situaciones y fenómenos sociales, no sobre personas.

—¿Qué te molestó de la última censura del año pasado por parte de tus propios colegas? ¿Cómo te afectó?

—No me gustó. Los periodistas deberían saber cuál es su trabajo. Todos los medios tienen una óptica política. Nadie es neutral. No es lo mismo trabajar en La Razón, Página Siete o antaño en El Juguete Rabioso. Todos tienen una línea ideológica. Los medios son una expresión del poder. El “Juguete” era para mí irreverente y anarquista. No me imagino un berrinche para cambiar y sacar a Walter Chávez del “Juguete” y poner en su lugar a monseñor Eugenio Scarpellini. No me gustó esa deslealtad, esa mala fe, esa mala leche, esa falta de empatía. Las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas. No todo fue malo. Me reconfortó que mis amigos de siempre me buscaran para saber cómo estaba tras la censura y las amenazas. También he perdido algunos que pensaba que eran amigos y nunca se interesaron.

—¿Cuál es tu relación con el poder?

—Te lo explico con dos imágenes: si tú estás en la calle y ves una viejita que se cae por pisar una cáscara de plátano, tú no te ríes porque es una persona desvalida, como puede serlo un niño, una niña o una mujer embarazada. Pero si el que se saca la mugre es el matón del barrio, el político de turno o el policía, te ríes porque así te estás vengando al hacerlo. Esa es mi relación con el poder. Mis dibujos son esas cáscaras de plátano. El poder siempre queda impune. Vengarme o vengar a la gente es mi objetivo, a veces lo logro, a veces no. Tengo esa sensación aunque soy consciente de que un dibujo de 10 centímetros no tiene gran valor y no puede cambiar el mundo pero a mí me permite seguir viviendo, seguir existiendo como artista y como persona. Y eso ya es mucho.

—¿Cómo trabajas?

—Veo noticias en internet por las mañanas, escucho un poco de radio por las tardes y comienzo a rumiar a media tarde sin un plan previo. Mi cabeza discrimina lo importante y mi mano dirige esos garabatos que a veces terminan en esa idea que he leído o escuchado por la mañana o la

tarde. No tengo un filtro lógico o racional como los periodistas. Al final simplemente el dibujo aparece junto al lenguaje. Si solo tienes habilidad manual y no construyes un lenguaje, no haces arte.

—El racismo, la desigualdad, el poder ya citado y la lucha por los derechos son algunos de los temas que atraviesan tu obra. ¿Por qué brotan estas “fijaciones”?

—De chiquito vivía en Tembladerani, un barrio de obreros, vendedoras y migrantes, como todas las laderas de La Paz. Los de mi zona bajaban al centro a los colegios fiscales. Al lado de uno de ellos estaba el Colegio Alemán, yo estudiaba en el Americano. En aquel entonces, yo les preguntaba a mis amigos del Alemán: “¿Qué tal las chicas en su colegio?” “Bien, lindas, ojos azules”, me decían. “¿Y las del fiscal que estaba pegado?” “Nunca las vemos”, me respondían. Fue la primera vez que percibí el racismo. Para ellos, había un muro. Simplemente ellas no existían y si existían era para ser meseras o empleadas, nunca como futuras parejas, nunca como objeto de deseo. Mi madre es del campo, de Vinto (Cochabamba) y mi abuela era de pollera. En el mundo de hoy en día no existe la igualdad de oportunidades. Como bien dijo Orwell, unos son más iguales que otros. En Bolivia sumamos una particularidad más: los más iguales tienen un color de piel diferente a los menos iguales. Todo está atravesado por el color de piel.

—Hablando de tu vida, tu padre fue maestro de dibujo en colegio fiscal. ¿Cómo heredaste esa pasión?

—Mi padre fue maestro y artista. Se llamaba Eduardo Salazar. Yo soy Alejandro Eduardo. Estudió en la Escuela de Bellas Artes y pintaba paisajes y retratos en la onda de la pintura indigenista. Y daba clases en el Colegio Villamil de la plaza Riosinho. Mi mamá María Rodríguez, que todavía vive en la zona Cristo Rey con sus 90 años, era profesora de Inglés. Todavía recuerdo el olor que tenían los óleos de su taller. Me parecía y me parece magia que de una página en blanco brotaran y nazcan figuras. Ahí comenzó mi gusto por dibujar. Estudié Arquitectura y salí egresado de Diseño aunque no presenté proyecto porque lo que más me satisfacía era dibujar, hacer exposiciones, relacionarme con otros artistas. Mi trabajo ahora es un poco también de psicólogo: retrato la estupidez humana.

—¿Cómo ves la Bolivia de hoy tras el golpe, las matanzas, las urnas y los deseos de reconciliación…?

—Nuestra estructura social es comparable a la tierra, a las placas tectónicas que colisionan y provocan terremotos. Mientras esas placas se mantienen estables, las fallas no se superponen las unas a las otras. Pero cuando hay fracturas, una tiene más poder y libera mucha energía y fuerza. En la sociedad boliviana pasa lo mismo. Hay una parte que pide más derechos, más poder. Y hay otra que se resiste a ceder poder, que no quiere perder sus privilegios. Los privilegios no se donan o se entregan fácilmente, mientras que los derechos se conquistan, se exigen. Hay una estrategia política para detener estos cambios, para frenar esos avances, para reconciliarnos entre comillas.

—¿Qué planes tienes a corto y medio plazo?

—Soy artista, no tengo planes (Nota mental dos del entrevistador: “Al-Azar” está riendo ahora como como es él mismo: tímido, socarrón, sarcástico, burlón, juguetón, con la mirada perdida en el horizonte de su ventana). Dibujo compulsivamente y prefiero ser mi propio patrón. Mi proyecto es seguir existiendo. Estoy armando lienzos para pintar y reproducir  figuras en 3D para acabarlas en madera. No tengo ni idea de a dónde voy a llegar con esto. A finales de año presento un nuevo libro que recogerá la obra de mis últimos cinco años, con auspicio de la Fundación Friedrich Ebert.

—Hablando de política, ¿cómo te defines ideológicamente hablando?

—Soy anarquista libertario, como artista. Es la necesidad que siento de tener una libertad plena para hacer mi trabajo. Ya como persona, creo que se necesita un poder, una regulación, unas instituciones, un estado, pero trato de vivir al margen de todo eso, siento que son un mal necesario.

La noche nos alcanza, han pasado tres horas de charla en el pequeño estudio/taller de Salazar en el ático de un viejo edificio de Alto Sopocachi. El artista se sube a una enclenque bicicleta estática, se quita su desgastada gorra de Boeing, “posa” para las inevitables fotografías ante un lienzo en blanco, se mete travieso debajo de la mesa junto a sus pinceles y agarra los mil y un pequeños monstruos que habitan en el interior suyo y de la habitación. Saca una vieja revista de las desordenadas estanterías: “Es El Tony, ediciones Columba, era una de las revistas de historietas. Cuando no había plata para ir al cine, estas revistas eran el cine de los pobres, se cambiaban, se fletaban…”, dice Alejandro Salazar mientras mira con melancolía un retrato de su padre colgado sin marco en la pared. De fondo suena un viejo cassette de Wara y una letra “real”: “hermano, vive tu historia / destruye el mito de pueblo enfermo / ahhh….. / tu tierra es grande y hermosa / ahora es tiempo q u e pienses en ella”.

Algunas piezas que el caricaturista ha elaborado sobre la coyuntura boliviana y mundial

Foto: Archivo

Foto: Archivo

Foto: Archivo

Foto: Archivo

Foto: Archivo

Foto: Archivo

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A mano alzada

La Paz

Por El Papirri

/ 25 de noviembre de 2020 / 10:52

Escribo a mano alzada. Me cuesta decir algo. Vuelvo a La Paz, mi ciudad, luego de un año. Estamos vivos, la emoción me cubre con este aire andino bendito, no quiero recordar pero el Tata Mururata me dice, sacándose el sombrero: “Memoria, siempre memoria”. Mientras pasamos la tranca, recuerdo. Hace un año los fascistas irrumpen en el Palacio Quemado con una Biblia evangélica, queman oficinas estatales, los militares pisan la Wiphala, se arrancan la  bandera del brazo. Recuerdo, solo fue hace un año, algo le pasó al tiempo que no pasa, hace un año fue la masacre de Senkata, son asesinados jóvenes aymaras, albañiles, caseras, vecinos, cientos de heridos, denuncio esto en las redes sociales, llueven las amenazas. Recuerdo a una Waldita, docente de Literatura gritando histérica: “urgente, toque de queda, intervención militar”. Recuerdo la masacre de puente Huayllani, 15 de noviembre, 11 muertos, más de 200 heridos. Hay causas por las que se puede morir, pero no hay causas por las que se puede matar, dice una viuda llorando. Militares balean por atrás, policías balean por delante. El nuevo Arce Gómez dice que los vecinos se dispararon entre ellos.

Recuerdo cómo salimos de La Paz, sin ningún derecho en la piel, con cuatro fuerzas represoras alrededor: policías, militares, parapolicías, paramilitares; y el nuevo Arce Gómez amenazando con esposas y balas al que se le ponga al frente. Recuerdo a mi esposa temblando en el aeropuerto, nos íbamos a Cochabamba presionados, asustados, llovía a cantaros, militares aprobaban listas de pasajeros, decidimos irnos por separado, ella entra primero, yo al último, el gran Mirkito con su taxi nos ayuda, por fin paso al preembarque con mi sombrerito cocalero y mis lentes de aumento, de pronto dan mi nombre por el parlante y dos nombres más: los pasajeros… deben apersonarse a puerta 3. Me digo: “cagué”. No tenemos ningún derecho, a quién acudir, a quién quejarse, la Defensora del Pueblo está clandestina, es 22 de noviembre, la marcha por los muertos de Senkata ha sido reprimida, los ataúdes caen al piso. Un funcionario de Boa me lleva en silencio, vamos con una señora de pollera y un joven a la pista del avión, nos meten a un cuarto, tres militares gritan: “¡Abran sus maletas!” La mía la revisa uno con pintura de guerra en las mejillas, grita: “¡Por qué va a Cochabamba!”. “Ahí vivo”, le respondo. “¡Cómo lo comprueba!”. Saco de mi billetera el certificado de sufragio, le saca foto, me pide el celular, por suerte había borrado todos los mensajes de cumpas, lo mira sin mirar. El militar de al lado revisa a la señora de pollera: “¡Aquí hay!”, dice. El que está conmigo se va allí, la señora tiene un sobre con muchos dólares escondido en sus ropas. “¡Esto es prohibido, señora!”, gritan. “Estoy yendo a Cochabamba a comprar pollos”, dice la señora. “No se puede, además usted está yendo a financiar a los terroristas”, dice el otro. Se la llevan. “¡Váyase!”, ordena el milico llamando al de Boa. Subo al avión, mi corazón está por explotar, mi esposa llora, le hago la señal del pulgar de todo bien, llegamos a Cochabamba pálidos, nos vamos en taxis diferentes, por suerte el departamento de mi esposa es algo lejano.

Mientras la ciudad se enciende, recuerdo. Unos jóvenes rechonchos arrastran de los pelos a la Alcaldesa de Vinto, la desvisten y patean, le pintan el pelo color sangre, el nuevo Arce Gómez dice que correrá bala si siguen las protestas. Recuerdo. Unas señoras piden de rodillas golpe de Estado. Un exmilitar pide intervención de los marines. Un intelectual cómplice del golpe escribe y desea que este gobierno sea como la UDP. Mi esposa me dice: “párala, no hables con la mente”, se escucha, ya pasó. El Tata Illimani me saluda, tranquilo kilo dice, hay coquita en las calles,  está anocheciendo, el silencio es solemne en la bajada a la hoyada.

Entonces  llegamos a mi departamentito, tiene olor a la vejez, las fotos de mis padres lagrimean, corro detrás de mis guitarras encerradas en un ropero, riego desesperado cadáveres de plantitas, respiro los Andes profundos, pongo una velita por nuestros muertos. Lucho Arce jura como  Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia. Hay un Amuki diferente, de duelo, de dolor. Se festeja en silencio. El pueblo aymara  ha vuelto al palacio. El pueblo quechua jura honestidad en la Asamblea. La Bolivia profunda tiene esperanza y memoria. Recuerdo. Silencio. Memoria. Mano alzada, la izquierda. Que será. Que pasará. La dignidad ha vuelto. Amuki activo. La Patria revive herida de bala. Ya tenemos derechos. Nadies nos puede agredir así nomás. Honor y gloria a los que hicieron posible que respiremos esta nuevita libertad.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Chaco: La fluidez de hablar tu propio idioma

El director Diego Mondaca se impuso el reto de filmar su primera película de ficción con soldados como actores

Una de las escenas del filme que se estrenó de forma virtual a través de Multicine

Por Adrián Paredes

/ 25 de noviembre de 2020 / 10:45

Era 2012 cuando el cineasta Diego Mondaca volvía a Bolivia y de pronto recordó a Pastor Gutiérrez, su abuelo, benemérito de la Guerra del Chaco. Recién había terminado de filmar su documental Ciudadela, llevaba un tiempo fuera del país y volvía con la ilusión de hacer algo en memoria de aquel familiar.  El director del corto La Chirola (2008) deseaba recorrer como mochilero la línea fronteriza entre Bolivia y Paraguay, tal vez pisando los mismos terrenos que recorrió su abuelo durante el combate. Según el mismo Mondaca, ahí fue que comenzó a escribir Chaco, su más reciente película, que fue producida por Color Monster, Pasto y Murillo Cine.

El filme sigue a un grupo de soldados bolivianos, la mayoría de orígenes aymara y quechua, bajo el mando de un general alemán, completamente extraviados en el Chaco, sin un solo enemigo a la vista.

Plasmar esa sinopsis le costó años a Mondaca. Fue tiempo que invirtió en investigar sobre la guerra para entender las dimensiones de su horror y, a la vez, lograr dar con una imagen más allá de todas esas fotografías en blanco y negro, tomadas por oficiales de clase media que no entendían nada de quienes estaban fotografiando.

“Puedes imaginar el horror, pero muchas veces no lo puedes describir”, dice el director recordando esa primera etapa.

El cineasta Diego Mondaca. Foto: Marcos Soto

Por eso el director se tomó su tiempo. Se dedicó a formarse para un proyecto que le obligaba a dar un giro a sus habilidades como cineasta, pero que también le exigía aprender a leer aquello que no estaba escrito: todo lo que esos soldados campesinos e indígenas tuvieron que vivir, sin nunca recibir ningún tipo de reconocimiento histórico, fuera de alguna con veniencia política de temporada.

Finalmente todo se juntó.  El pensar en la sonoridad de la película, en el terreno, la imagen, los recursos; era saltar de los documentales a la ficción, era honrar no solamente a su abuelo, sino a los familiares de todo un equipo de producción con el que pronto tendría que adentrarse en el Chaco para realizar un filme.

Escena de la película ‘Chaco’. Foto: Marcos Soto

La ruptura del cristal

Mondaca se adentró a la región Ibibibo, cerca a Villamontes, junto a su equipo de filmación y un montón de jóvenes, reclutas del cuartel, que serían sus actores, sus extras y, con el tiempo, su más fiero equipo de producción. Pero aquel primer día parecían ausentes, empecinados en un mutismo que contrastaba con el entusiasmo con el que les hablaba el director. 

“No había posibilidad de diálogo hasta que hice que se cuenten cómo eran sus vidas en sus casas, pero en quechua o en aymara. Ahí comenzaron a soltarse más, a contarse chistecitos. Quizás estaban hablando de mí —ríe—, pero había ya una fluidez. Se había roto un cristal”.

Aquella comodidad alejó al grupo del rol de soldados en un cuartel y los acercó al de soldados de una guerra que pelearon sus antepasados. Era el quiebre de la barrera lingüística, el saber que podían hablar en sus propias lenguas y que el director, ayudado por otros compañeros que traducían todo, los escucharía y los dejaría proponer,  pues todos ahora tenían la posibilidad de explicarse mejor.

Mondaca lo admite: mucho de eso se logró gracias a la astucia de Raymundo Ramos, actor que interpreta a Liborio en el filme, cuya mediación logró que el grupo de actores siempre hicieran más de lo que se les pedía. “Sean extras o el director o el productor, tienen que sentir que son parte. Que el estar parado desde las cinco de la mañana hasta que caiga el sol tiene que tener sentido y es muy difícil de sostener”.

Esta compenetración del equipo se fue profundizando a lo largo de 21 días de rodaje en una región en plena cola de surazo, con días a 30 grados de temperatura y de un cielo lechoso con un velo de nube que barnizaba la luz. Tanto así que, poco a poco, algunos soldados comenzaron a hacer de asistentes de cámara, de ensayo, de maquillaje.

“Era hermoso ver a un uniformado de la Guerra del Chaco siendo maquillado por otro uniformado, pero con el camuflado actual. Uno representando un limbo y el otro viviendo ese limbo”.

Ibibibo se reveló para Mondaca como algo más que esa imagen de calor y monotonía desértica que se suele tener del Chaco. Para él se convirtió en una región llena de colores locos, raros, y de una belleza solo comparable con la de un canto de sirena.

Pero en los últimos dos días el sol desapareció con el surazo y la lluvia comenzó a arruinar la cinematografía de cada toma. Lo que es peor, cuando retornaron a una locación previamente alistada, descubrieron que un tractor había arrasado todo con el fin de hacer una fosa para almacenar agua para el ganado.

“Yo pensaba que era un sabotaje. Estaba completamente decepcionado, no sabía qué hacer. Encima estaba lloviznando sin esperanzas de que se despeje y si esas escenas no salieron mal fue gracias a esa voluntad que había detrás de los actores. Fueron ellos, no fui yo, que ya estaba muy nervioso, mudo porque me falló todo”.

Gran parte del elenco fue integrado por jóvenes soldados estacionados en Ibibibo, cerca de Villamontes. Foto: Marcos Soto

Tiempo para conversar

“Al menos en cine nunca sabes qué va a pasar. Por mucho que hayas hecho películas antes, la siguiente es una página en blanco, muy jodida”, afirma Mondaca.

Ahogado bajo la lluvia de Ibibibo, Mondaca tuvo que recordar sus palabras. Fueron sus actores, el constante Raymundo Ramos y también Omar Calisaya, junto al equipo de producción, quienes lo despejaron de sus miedos y lo alzaron cuando más lo necesitó. Gracias a ellos entendió que si en la pantalla un actor no queda bien, no es un problema del actor, es una deficiencia del director.

“Y lo digo desde la posición de director, porque si tú no instruyes y no apasionas a tu equipo, ellos no van a saber qué hacer. Y eso se logra dándose tiempo para conversar, siempre manteniendo una horizontalidad en todo momento. Sea en el desayuno, almuerzo, trabajo o fiesta”.

Lo que es más curioso para Mondaca es que de algún modo los entieron desde el primer día, cuando casi todos los involucrados se retiraron discretamente y en grietas escondieron hojitas de coca, “ch’allando con singanitos”, encomendándose para que todo vaya bien. Juntos, pero, por el momento, separados. “En el fondo estábamos todos muy nerviosos. No sabíamos a lo que nos estábamos metiendo. No sabíamos qué nos deparaba el Chaco”.

Aquel primer día tan complicado , la fortaleza y el entusiasmo vinieron del director. Pero en el último día, cuando la lluvia y un tractor arrasaron con Diego Mondaca, se terminó de filmar gracias a los lazos establecidos mediante la comunicación horizontal que pregona Mondaca.

Hoy, ese filme se llama Chaco y se exhibe a través de la plataforma digital de Multicine en todo Bolivia.

Otra escena de Chaco. Foto: Marcos Soto

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