Voces

martes 1 dic 2020 | Actualizado a 07:07

El meme infinito

/ 7 de octubre de 2020 / 02:20

El esperado primer debate de la historia electoral de Bolivia no fue debate, apenas fue un meme (infinito). El formato, la penosa realización (mal sonido, peor imagen, impropia de ATB) y las superficiales intervenciones dejaron el sábado un profundo sabor a nada. La “memeficación” de la política llegó a todo el mundo para desmitificar a los políticos. A Bolivia arribó para reírnos de ellos. Atravesamos una crisis múltiple, también intelectual.

Luis Arce: el candidato que va primero no debate; “nunca, jamás, never in the life”. Es la regla número uno de los manuales de campaña. Lucho puede tocar guitarra, cantar y almorzar con el pueblo pero no va a ganar ningún concurso de carisma o quizás si, uno que se llame “el emo del año”. Ergo, los “debates” espectacularizados no son ni serán su cancha favorita. Arce tiene programa, tiene plan, tiene ideas y… tiene un bajón de azúcar. ¿Tenía su tacita blanca un mate de tilo? Fue el “Martin Prince” de la noche; el “nerd” de los Simpson pero con clonazepam.

Carlos Mesa: es el mejor orador de Bolivia, de lejos. Dejó el saco y se puso camisa metida por dentro con barriga promisoria (en un país que sufre para comer no es la mejor imagen a transmitir). Su video llegó sin audio (otro error de principiantes de sus asesores o ¿fuiste tú otra vez, Mario Espinoza?). Eludió todas las referencias a un pasado que lo persigue como sombra de película expresionista. Canchereó e hizo alusiones personales (contra Arce y sus “canastas”) sin hacer alusiones personales. Su “nunca, jamás, never in the life” (frase de changos para seducir al electorado joven) fue trending topic y el gran meme del debate.

Luis Fernando Camacho: el terno (y Bolivia) le quedan grande. Alguien se lo ha prestado, seguramente su papá. Tuvo un minuto para hablar y respondió con un minuto de silencio. Fue changueado por Tuto cuando lo llamó “Luisfer” (juro que escuché Lucifer) para agradecerle su “trabajo” en el golpe. Lució un rosario enroscado en la muñeca y en el dedo cuando se lleva colgado en el pecho, otro error de principiantes de sus asesores bíblicos. Su propuesta estrella, fiel a su confesado machismo/misoginia, fue: “la mujer está para atender la casa, luego si quiere puede trabajar o estudiar”. Otro meme del no debate. Al final, debió llorar pero no lo hizo.

Chi: tuvo problemas con el idioma castellano, leyó demasiado sus papeles y su quinta palabra en su primera intervención fue “comunismo”. Su propuesta estrella fue: “hacer del Salar de Uyuni la ciudad de Las Vegas pero sin promiscuidad”. Si no fuera un candidato abiertamente odiador y ultraconservador, sería “chi-stoso”. Al final, prometió un “gobierno moral de Dios”. Y cantó, sí cantó, para “Él”, como en la iglesia. Ni con un milagro gana.

Tuto Quiroga: es el eterno superpreparado corredor de fondo que jamás llega a la meta. Quizás por eso acudió con saco, corbata y… tenis. Quizás por eso, en las pausas, hizo ejercicios de estiramiento. Repitió el mismo discurso privatizador fracasado de hace décadas. Es el alumno jailón de la clase que nunca aprendió lo esencial. Para muchos ganó el debate. Somos un país generoso.

Feliciano Mamani: ¿alguien le puede explicar a este señor con casco minero qué significa una estrella de David cosida en la camisa? Al borde de un colapso nervioso, su voz tembló y cuando le dieron un pase de gol para empujarla a la red (la pregunta sobre la minería cooperativista), respondió sobre las casas que hay que construir para las parejas jóvenes. ¿Qué hora es Feliciano? Manzanas traigo… y una estrella, también traigo. “Van a disculpar pero no pude preparar bien mi exposición”. Otro meme del “Godínez” de la noche.

María de la Cruz Bayá: alguien le dijo a la señora que iba a estar entre puro hombres (lamentablemente la política todavía es vista como territorio del macho) y que debía comportarse con supuestos valores varoniles, es decir, agresividad y coraje. Se le fue la mano, señora. La tacita de tilo del Lucho era para usted. Cuando se cansó de reñir, se bajoneó. Ha escrito, dice, 17 libros pero tiene un serio problema para regular sus emociones.

El no debate fue un “concurso de talentos” de colegio: uno cantó, otra declamó, otro soltó su frase ingeniosa, otro rimó, otro estrenó terno… y así hasta el meme infinito. Con razón no habíamos tenido debate en 18 años.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Salazar: Necesito libertad plena

Un año después de la censura, Alejandro Salazar —‘Al Azar’— ha vuelto al periódico laRazón. Ha vuelto a pensar por las mañanas y dibujar por las tardes para llegar a la hora de cierre. Ha vuelto para seguir retratando la estupidez humana

Al Azar. Alejandro Salazar nació en Cochabamba en 1959. El ilustrador ganó tres veces del Premio Nacional de Periodismo en la categoría de Caricatura.

Por Ricardo Bajo

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:02

Alejandro Salazar ha conocido de cerca la censura y sus intentos. Lleva décadas viendo la cara a esta pasión de inquisidores. La primera vez que la sufrió fue en los lejanos años noventa cuando la hija del dueño del quebrado Banco Boliviano Americano se “molestó” por un dibujo que la retrataba vistiendo pieles de cocodrilo (el dinero desfalcado había terminado en un paraíso fiscal llamado Islas Caimán). Luego llegó la polémica de la Miss Bolivia Gabriela Oviedo (“somos blancos, altos y sabemos inglés”) y la caricatura de un triste Carnaval de Oruro con pasantes desfilando a pesar de los muertos. También una vez recibió una “llamada de atención” de un triste personaje de la embajada estadounidense en La Paz que no entendió una caricatura sobre Obama. Nada se comparó a los dibujos con esvásticas y cañones militares prometiendo paz y reconciliación del golpe del año pasado cuando sus “compañeros” de periódico exigieron el retiro de sus obras. Salazar se autocalifica artísticamente como “anarquista libertario”. Su pequeño estudio/taller/ biblioteca está repleto de pequeñas esculturas, biografías de artistas, libros de historia, cómics, novelas de suspenso, viejos cassettes y CD de rock progresivo, un “Evito” y dos retratos, uno del alemán Alberto Durero y otro de su padre.

—¿Alguna vez algún director o propietario de medio de comunicación te ha dicho qué podías dibujar y qué no podías dibujar?

—No. Una vez Jorge Canelas me dijo: “Puedes dibujar lo que quieras pero no te metas con los curas, todavía tienen poder”. (Nota mental uno del entrevistador: no hay más que mirar qué “numerarios” han ocupado la cartera del Ministerio de Justicia en los últimos años). Me contratan para opinar sobre temas y ejerzo mi derecho a la libertad de expresión. Alguna vez, por las reacciones ante mis dibujos, he llegado a pensar que estaba cruzando la raya pero se me pasaba rápido. Soy consciente de que existen derechos más importantes, así que si un dibujo mío puede causar males mayores, me lo pienso dos veces. Por ejemplo, en la polémica sobre el Carnaval de Oruro, había gente que había perdido un familiar y mi dibujo pudo herir sus sentimientos. El problema es que el dibujo no es un arte tan preciso como la palabra y a veces no puedes controlarlo todo.

—¿Tienes reglas?

—Varias, por lo menos dos: no ofender ni herir a las personas en particular. Y no insultar. Me gusta dibujar y reflexionar sobre situaciones y fenómenos sociales, no sobre personas.

—¿Qué te molestó de la última censura del año pasado por parte de tus propios colegas? ¿Cómo te afectó?

—No me gustó. Los periodistas deberían saber cuál es su trabajo. Todos los medios tienen una óptica política. Nadie es neutral. No es lo mismo trabajar en La Razón, Página Siete o antaño en El Juguete Rabioso. Todos tienen una línea ideológica. Los medios son una expresión del poder. El “Juguete” era para mí irreverente y anarquista. No me imagino un berrinche para cambiar y sacar a Walter Chávez del “Juguete” y poner en su lugar a monseñor Eugenio Scarpellini. No me gustó esa deslealtad, esa mala fe, esa mala leche, esa falta de empatía. Las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas. No todo fue malo. Me reconfortó que mis amigos de siempre me buscaran para saber cómo estaba tras la censura y las amenazas. También he perdido algunos que pensaba que eran amigos y nunca se interesaron.

—¿Cuál es tu relación con el poder?

—Te lo explico con dos imágenes: si tú estás en la calle y ves una viejita que se cae por pisar una cáscara de plátano, tú no te ríes porque es una persona desvalida, como puede serlo un niño, una niña o una mujer embarazada. Pero si el que se saca la mugre es el matón del barrio, el político de turno o el policía, te ríes porque así te estás vengando al hacerlo. Esa es mi relación con el poder. Mis dibujos son esas cáscaras de plátano. El poder siempre queda impune. Vengarme o vengar a la gente es mi objetivo, a veces lo logro, a veces no. Tengo esa sensación aunque soy consciente de que un dibujo de 10 centímetros no tiene gran valor y no puede cambiar el mundo pero a mí me permite seguir viviendo, seguir existiendo como artista y como persona. Y eso ya es mucho.

—¿Cómo trabajas?

—Veo noticias en internet por las mañanas, escucho un poco de radio por las tardes y comienzo a rumiar a media tarde sin un plan previo. Mi cabeza discrimina lo importante y mi mano dirige esos garabatos que a veces terminan en esa idea que he leído o escuchado por la mañana o la

tarde. No tengo un filtro lógico o racional como los periodistas. Al final simplemente el dibujo aparece junto al lenguaje. Si solo tienes habilidad manual y no construyes un lenguaje, no haces arte.

—El racismo, la desigualdad, el poder ya citado y la lucha por los derechos son algunos de los temas que atraviesan tu obra. ¿Por qué brotan estas “fijaciones”?

—De chiquito vivía en Tembladerani, un barrio de obreros, vendedoras y migrantes, como todas las laderas de La Paz. Los de mi zona bajaban al centro a los colegios fiscales. Al lado de uno de ellos estaba el Colegio Alemán, yo estudiaba en el Americano. En aquel entonces, yo les preguntaba a mis amigos del Alemán: “¿Qué tal las chicas en su colegio?” “Bien, lindas, ojos azules”, me decían. “¿Y las del fiscal que estaba pegado?” “Nunca las vemos”, me respondían. Fue la primera vez que percibí el racismo. Para ellos, había un muro. Simplemente ellas no existían y si existían era para ser meseras o empleadas, nunca como futuras parejas, nunca como objeto de deseo. Mi madre es del campo, de Vinto (Cochabamba) y mi abuela era de pollera. En el mundo de hoy en día no existe la igualdad de oportunidades. Como bien dijo Orwell, unos son más iguales que otros. En Bolivia sumamos una particularidad más: los más iguales tienen un color de piel diferente a los menos iguales. Todo está atravesado por el color de piel.

—Hablando de tu vida, tu padre fue maestro de dibujo en colegio fiscal. ¿Cómo heredaste esa pasión?

—Mi padre fue maestro y artista. Se llamaba Eduardo Salazar. Yo soy Alejandro Eduardo. Estudió en la Escuela de Bellas Artes y pintaba paisajes y retratos en la onda de la pintura indigenista. Y daba clases en el Colegio Villamil de la plaza Riosinho. Mi mamá María Rodríguez, que todavía vive en la zona Cristo Rey con sus 90 años, era profesora de Inglés. Todavía recuerdo el olor que tenían los óleos de su taller. Me parecía y me parece magia que de una página en blanco brotaran y nazcan figuras. Ahí comenzó mi gusto por dibujar. Estudié Arquitectura y salí egresado de Diseño aunque no presenté proyecto porque lo que más me satisfacía era dibujar, hacer exposiciones, relacionarme con otros artistas. Mi trabajo ahora es un poco también de psicólogo: retrato la estupidez humana.

—¿Cómo ves la Bolivia de hoy tras el golpe, las matanzas, las urnas y los deseos de reconciliación…?

—Nuestra estructura social es comparable a la tierra, a las placas tectónicas que colisionan y provocan terremotos. Mientras esas placas se mantienen estables, las fallas no se superponen las unas a las otras. Pero cuando hay fracturas, una tiene más poder y libera mucha energía y fuerza. En la sociedad boliviana pasa lo mismo. Hay una parte que pide más derechos, más poder. Y hay otra que se resiste a ceder poder, que no quiere perder sus privilegios. Los privilegios no se donan o se entregan fácilmente, mientras que los derechos se conquistan, se exigen. Hay una estrategia política para detener estos cambios, para frenar esos avances, para reconciliarnos entre comillas.

—¿Qué planes tienes a corto y medio plazo?

—Soy artista, no tengo planes (Nota mental dos del entrevistador: “Al-Azar” está riendo ahora como como es él mismo: tímido, socarrón, sarcástico, burlón, juguetón, con la mirada perdida en el horizonte de su ventana). Dibujo compulsivamente y prefiero ser mi propio patrón. Mi proyecto es seguir existiendo. Estoy armando lienzos para pintar y reproducir  figuras en 3D para acabarlas en madera. No tengo ni idea de a dónde voy a llegar con esto. A finales de año presento un nuevo libro que recogerá la obra de mis últimos cinco años, con auspicio de la Fundación Friedrich Ebert.

—Hablando de política, ¿cómo te defines ideológicamente hablando?

—Soy anarquista libertario, como artista. Es la necesidad que siento de tener una libertad plena para hacer mi trabajo. Ya como persona, creo que se necesita un poder, una regulación, unas instituciones, un estado, pero trato de vivir al margen de todo eso, siento que son un mal necesario.

La noche nos alcanza, han pasado tres horas de charla en el pequeño estudio/taller de Salazar en el ático de un viejo edificio de Alto Sopocachi. El artista se sube a una enclenque bicicleta estática, se quita su desgastada gorra de Boeing, “posa” para las inevitables fotografías ante un lienzo en blanco, se mete travieso debajo de la mesa junto a sus pinceles y agarra los mil y un pequeños monstruos que habitan en el interior suyo y de la habitación. Saca una vieja revista de las desordenadas estanterías: “Es El Tony, ediciones Columba, era una de las revistas de historietas. Cuando no había plata para ir al cine, estas revistas eran el cine de los pobres, se cambiaban, se fletaban…”, dice Alejandro Salazar mientras mira con melancolía un retrato de su padre colgado sin marco en la pared. De fondo suena un viejo cassette de Wara y una letra “real”: “hermano, vive tu historia / destruye el mito de pueblo enfermo / ahhh….. / tu tierra es grande y hermosa / ahora es tiempo q u e pienses en ella”.

Algunas piezas que el caricaturista ha elaborado sobre la coyuntura boliviana y mundial

Foto: Archivo

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Salgan a matar

La arenga del presidente Fernando Costa en el hotel antes de salir a jugar el partido en el “Defensores del Chaco” pesó sobre el ánimo de los jugadores.

/ 23 de noviembre de 2020 / 15:24

El empate heroico de la Verde en Asunción trajo una brisa de aire fresco a la selección. La arenga del presidente Fernando Costa en el hotel antes de salir a jugar el partido en el “Defensores del Chaco” pesó sobre el ánimo de los jugadores. “Salgan a matar, regalen una victoria a Bolivia”.

Los malpensados dicen que la clave fue los 50.000 dólares ofrecidos por la victoria. Los amanuenses de Farías apostillan que el técnico venezolano también ofreció una platita. Da igual que da lo mismo. El resultado fue otra Bolivia.

El fútbol se juega con la cabeza, el fútbol es un estado mental. Durante los tres primeros partidos de la selección, tuvimos dos presidentes de la Federación, detenciones, fiscales y policías dando vueltas por todo lado. Padecimos una guerra de baja intensidad entre grupos de poder. En esas circunstancias concentrarse en la pelota fue difícil para todos. También tuvimos groseras equivocaciones a la hora de convocar jugadores (¿Henry Vaca fue llamado y jugó para buscarle equipo?), preferencias inexplicables del técnico y un largo etcétera que nos han sumido en un pozo del cual saldremos cuando dejemos de cavar.

La primera parte y especialmente el último tercio de la misma fue un mensaje para todos, para el propio equipo, para la Federación, para la hinchada. Se puede presionar arriba y robar, se puede hacer daño al rival en su casa, se puede ser efectivo (dos llegadas, dos goles), se puede recuperar la fe y la ilusión perdida. Para eso hay que construir una identidad de juego, una manera de plantarse en el “field” de visitante.

Durante los primeros años del CholoSimeone en el Atlético de Madrid, el “colchonero” jugaba siempre a lo mismo: sabedor de su inferioridad técnica ante los grandes, el rojiblanco se metía atrás con el puñal entre los dientes, mordía en el medio y contragolpeaba con instinto asesino. Para jugar así, el Choloarmó una dupla central impasable y unos jugadores que creían a muerte en su idea.

Para llegar a Qatar, necesitamos sacar puntos fuera de casa y para eso es urgente armar un equipo que sepa jugar sin improvisaciones. ¿Tenemos dos centrales fijos de garantía y dos carrileros de ida y vuelta constante? ¿Tenemos un cinco que arañe? ¿Tenemos delanteros con capacidad de sacrificio? Quizás todavía no. Quizás solo tenemos una arenga y una ilusión. Ya es algo, ayer no teníamos ni eso.

(*) Ricardo Bajo es periodista

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Nuestro ‘complejo de Adán’

/ 18 de noviembre de 2020 / 01:29

La primera exposición presencial de arte en medio año no está en los salones principales del Museo Nacional. Sospecho mal. Camino desde la esquina de la vieja plaza de armas de La Paz y llego, tras pasar por una unidad educativa, a la pequeña sala de la Villa de París, ahora Taypi Katu. Un letrero anuncia la muestra: Freddy Mamani, pinturas. Un policía me da un ticket de entrada. ¿Por qué hay uniformados en los museos? La “expo” alberga 12 cuadros de gran tamaño, sobre cimientos de adobe, flotando en el aire como en el MASP de Sao Paulo. Mamani Silvestre, el capo de la arquitectura cholet, abusa de imágenes repetitivas: Illimanis, Pachamamas, cóndores, vírgenes del Cerro, anillos con brillo, geometrías esquematizadas de Tiwanaku y fachadas recortadas de sus edificios famosos. Todo sin ton ni son. ¿Dónde está la polisemia, los nuevos significados, las nuevas miradas, la frescura? Apenas atisbo una sana y respetable intención de vender. ¿Está bien que el Museo Nacional de Arte se preste a este juego? La ruptura no está de moda.

La muestra de don Freddy es conservadora, decadente y pacata. Usa y abusa de simbologías, de iconos referenciales. ¿Qué quiere decir? Cae en lo ornamental que a estas alturas de la historia del arte no deja de ser un delito de lesa humanidad. Sufrimos el “complejo de Adán”, también en el arte; tenemos una extraña compulsión por refundar país y arte cada tres o cuatro décadas. Dicen los nuevos “impulsores” de la estética neo-andina que es hora de sepultar los grises. ¿Acaso no hay color en las fiestas del altiplano del lituano Rimsa? ¿Acaso no explotaban los colores en las obras del orureño Moisés Chire Barrientos cuando abandonó el arte abstracto y se volcó a una veta más comercial? ¿Cuándo volvimos a tropezar por imposición/gusto del mercado internacional en el exotismo redundante y simbólico?

Salgo de la muestra entre indignado, triste y decepcionado. El policía que me ha escuchado hablar/putear solo me dice: “Si usted quiere, puede hablar con el curador, está detrás de esa puerta”. Mejor no, le digo: “mi mañana ya se fue a la mierda”. Si hubiese estado de mejor humor, le podría haber sugerido a José Arispe R. la colocación de espejos y lucecitas que reboten por todo lado para convertir el museo en un salón de bailes, para recargar las tintas esquizofrénicas del pastiche. ¿Dónde está en las pinturas de Mamani ese barroco psicodélico retrofuturista de desbordante y huachafa imaginación presente en sus edificios? Como arquitecto autodidacta, don Freddy, ha (contra)revolucionado la arquitectura boliviana —siempre deseosa de atrapar a como dé lugar una identidad nacional— pero como pintor se aplaza y defrauda. Incluso su paleta cromática —amplia y diversa en El Alto con verdes, naranjas, azules, fucsias, turquesas—, en su obra pictórica queda empequeñecida.

Trato de entender la intención del artista —“la pintura complementa mi trabajo arquitectónico, no puedo viajar con mis edificios a cuestas— y recuerdo las sabias palabras de don Carlos Salazar Mostajo: “Un afán excesivamente comercial le ha inducido a una posición casi ecléctica donde se pierden sus cualidades, llegando a una pintura decorativa, sin profundidad, aunque manteniendo el color”. No, no son palabras de ahora arrojadas contra Mamani; es una vieja reseña dedicada a Chire Barrientos a propósito de una retrospectiva de su obra en el Museo Nacional bajo el título de El espíritu de los Andes. El diálogo con el pasado tampoco está de moda; la histeria de colores, tan del gusto del poder, sí. “El mucho con el mucho un poco mucho”, dijo una vez el artista Roberto Valcárcel.

Trato de entender a Mamani y me asaltan las preguntas: ¿y si su afán comercial es nomás una demostración de su libertad creativa?, ¿se apropian como parásitos Mamani Mamani y Freddy Mamani del arte tardío de Moisés Chire? ¿Ser un “parásito” como en la película famosa coreana está mal? ¿Acaso no lo somos todos? ¿Por qué sentimos la necesidad imperiosa de adscribirnos a esa onda reivindicativa/posera del arte pero lo hacemos abusando de reliquias y conservadurismo estático? ¿No es sumamente contradictorio ese falso afán? ¿Acaso no lo somos todos, falsos y contradictorios? Uno tiene que saber ser vulgar, dijo una vez Picasso.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo

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El fútbol es uno solo

El fútbol es la baratija más seria del mundo. Lo dijo el antropólogo Christian Bromberger. Es una bagatelle llena de sentido que concentra una de las más profundas matrices simbólicas de nuestro tiempo

/ 16 de noviembre de 2020 / 14:38

El fútbol es la baratija más seria del mundo. Lo dijo el antropólogo Christian Bromberger. Es una bagatelle llena de sentido que concentra una de las más profundas matrices simbólicas de nuestro tiempo. Sostiene el francés que el fútbol es un espectáculo híbrido: es rito y es showbusiness; es tragedia y comedia; es fiesta y es guerra; es hecho estético y experimento social. Añade el bueno de “Cachín” Antezana que “el fútbol es toda una sociedad, una sociedad abigarrada, aprovechando el concepto de Zavaleta Mercado”.

Cuando el eterno ‘Conejo’ Arce hizo el 1-0 contra Ecuador, celebró con bronca. Estrujó el cóndor de la Federación Boliviana de Fútbol con su puño derecho, señaló con su mano izquierda el escudo y gritó: “es una, es una”. Alguien podría soñar, volviendo a Zavaleta, con este “momento constitutivo” para nuestro empobrecido fútbol, atomizado al extremo como si viviésemos aún en la época de las republiquetas.

Sin embargo, el sueño se evapora “ipso pucho” cuando uno mira como los dirigentes —ajenos a todo excepto a su guerra por el poder— se sacan la mugre un día sí y otro también. La tarea del nuevo presidente, Fernando Costa, es titánica: aglutinar y terminar con la guerra de guerrillas. La sensación de orfandad de la hinchada —parte de la cual pide una intervención de la FIFA— es un cuento triste de Dickens.

De nuestro fútbol apenas quedan cenizas, acaso permanecen viejos recuerdos en sepia cuando éramos más que Colombia, Venezuela o Ecuador. Lo peor de todo es la sensación de desgana. Cuando juega la selección, ya no se para el país; ya se no se ven multitudes alrededor de una terraza con televisión. Hemos dejado de enojarnos, de emputarnos por las derrotas y por las equivocaciones del técnico de turno. Es lo peor que nos puede pasar: indiferencia, apatía hacia nosotros mismos.

La Federación es una sola, el fútbol también. Cuando dejemos de pelear, volveremos a ilusionarnos. Mientras tanto, la pelota tan solo reflejará esa polarización y esos egos/odios que tanto daño nos hacen como sociedad un día sí y otro también. “El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes”, dijo una vez Valdano (¿o fue Sacchi?). No está bueno que sea manejado en exclusividad por una dirigencia nefasta mientras el resto miramos de palco con impotencia. Es necesaria una cumbre para rescatar al fútbol boliviano del pozo.

(*) Ricardo Bajo es periodista

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Piñeiro, el indio en la plaza

Juan Pablo Piñeiro lanza su tercera novela ‘Manubiduyepe’ (editorial 3600, La Paz). Es un artefacto literario que busca nuevas sonoridades. Cada palabra es un regalo

El escritor Juan Pablo Piñeiro

Por Ricardo Bajo

/ 11 de noviembre de 2020 / 06:01

¿Cómo vas a publicar una novela de duendes y espíritus justo ahora en Bolivia? Es la pregunta que algunos amigos/familiares le hicieron a Juan Pablo Piñeiro hace unas semanas. Y el “Piñas” —que ha perdido algunas amistades a raíz del golpe del año pasado— se responde a sí mismo o quizás lo hace uno de los seres que lo habita: Es ahora justo cuando más se necesita una novela de espíritus, duendes, médiums, sombras y espejos, de personajes atrapados en otro mundo, de cadáveres que olvidaron morirse como los que habitan en Manubiduyepe, su esperada tercera novela que se lanza justo ahora.

La triste y terrible paradoja de este desolado país llamado Bolivia consiste en poner a los que hacen bien las cosas donde no se los necesita y donde se los necesitaría, están los demás.

Piñeiro no es amigo de las entrevistas, ha desarrollado en los últimos meses una extraña/entendible aversión a los medios de comunicación. Pero dice que hará un par de excepciones a esta regla no escrita. Hace un año que vive en el barrio de Bella Vista en una casa con jardín donde junto a su compañera cultiva palabras y hace crecer coquetas lechugas, humildes matas de tomate, plantas aromáticas y otras yerbas. El guardián de todo se llama Jimi, es un chapi. Es el fantasma de Hendrix el que cuida de todos los fuegos.

Dijo una vez el gran Jesús Urzagasti, maestro de Piñeiro, que “el reino de la imaginación es muy bonito para visitarlo y es duradero pero los que trabajan a destajo saben que la vida es dura por allí”. Y añadía el chaqueño, “quien quiera navegar en la imaginación, primero deberá cruzar a pie la cruda realidad”. El “Piñas” ha trabajado como descosido en su tercera novela y ha cruzado como tardígrado —caminante lento, “osito de agua”— los territorios desiertos de la puta realidad para mirarse al espejo y quitarse los disfraces. Urzagasti estará orgulloso, allá donde se encuentre.

Son cuatro gatos que leen todo y no disfrutan de nada.

Manubiduyepe es una novela/espejo: un espejo en cada persona en medio de un bosque encantado. También es un disfraz.

¿Cuál es nuestro disfraz y cuál nuestra sombra? La sombra es lo único que nunca cambia. ¿Cuántos cuerpos cargamos que no son nuestros? Nos habitan seres que son diferentes a nosotros. “Vivimos todos bajo un disfraz o varios, Pessoa se preguntaba: ¿cómo podemos ser uno mismo si cambiamos todo el rato? Dentro de una condición mimética, todos nos transformamos, en la oscuridad, en las sombras, somos otro, nacemos y morimos todo el rato, así también es la selva”, dice Piñeiro mientras apura la primera cerveza en el pequeño jardín y expulsa el humo del quinto pucho.

Manubiduyepe guarda un secreto y una obsesión, un secreto que está a la vista. El secreto es ver el futuro, el secreto que solo un indio transparente puede ver, un indio toromona que cada nueve años llega a la plaza principal de Cobija para permanecer inmóvil durante tres días y tres noches y luego volver a su comunidad aislada. En ese trabajo de orfebrería, el indio es como el insecto: no se contacta, se aparece. Ambos serán centro de admiración del escritor/personaje que va a escribir la tercera novela de Piñeiro, un narrador que nunca es el mismo. Tardará en darse cuenta este señor, que se hace llamar Salvador Piñari, que el aislado es él.

“El libro es un homenaje a la selva, en espiral, con un poema palíndromo que abre y cierra la novela, como el secreto que abre y cierra”, añade Piñeiro. “¿Y cuál es el secreto ese?”, pregunto ingenuamente. “Que lo diga el lector”, es la respuesta merecida.

¿Escucharon lo que me dijo? Lamentablemente no lo puedo repetir. Me quedan muy pocas palabras. Si pudieron oír algo, se lo tienen que guardar como un verdadero tesoro, para que el tiempo lo transforme en secreto. El secreto, en verdad, cuando se refiere a ti, te dice yo.

Manubiduyepe—el celador de la floresta— puede ser el primer título de un nuevo género bautizado como “falsorrealismo amazónico”. Nota mental uno: hay que recordar que Piñeiro siempre etiqueta antes que algún pinche periodista o académico amargado lo haga. Por ejemplo, Illimani púrpura (2010), su segunda novela, inauguró la “literatura telepática”.

Manubiduyepe puede ser también una novela policíaca/gore o un libro de espectros y dioses silenciosos que embrujan y matan. Puede ser un cuento largo de aventuras en busca de un pueblo perdido. Puede ser un poema de Vallejo con palabras robadas al peruano como “espergesia”. Acaso un libro sobre camaleones, mujeres árbol y mitología amazónica o un manual de curandero para sanar almas atrapadas, incluida la propia. Puede, en fin, ser un escrito de autoayuda mística y conversión, pero no lo es. ¿Quieres ser escritor o monje?, le preguntó una vez Urzagasti.

Es, en definitiva, un artefacto literario, obviamente armado de humor hasta los dientes. “Desde que Cervantes escribiera el Quijote, el humor es una herramienta narrativa, te permite jugar con las polisemias, abordar la realidad de distintas maneras; sin humor, una obra estará incompleta siempre, no es solo la llajua necesaria en todo, sino que ayuda siempre en la tarea de desmitificar las ideas del texto”, dice el autor.

La tapa del tercer libro del autor, ‘Manubiduyepe’. Foto: Ricardo Bajo

La (tercera) novela de Juan Pablo Piñeiro tiene imágenes poderosas y maravillosas que aparecen con velocidad calibrada en la sonoridad espiral de sus palabras, a ratos poética, a ratos, absurda, a ratos repleta de humor. Lamento que sea así (nota mental dos: el escritor es acérrimo bolivarista) pero qué bueno es el pinche “Piñas”.

En la floresta, la lluvia siempre está precedida por su rumor. Se la escucha a la distancia y acrecienta su presencia hasta coparlo todo. Esos segundos de diferencia dan el tiempo necesario para guarecerse si uno está en medio del monte. Esperar. Así proceden animales e insectos. Tienen refugios.

Juan Pablo Piñeiro juega a desdoblarse como lo hacía el maestro Cecilio Guzmán de Rojas. Ahora es el roto escritor Salvador Piñari, que suda como chancho en la floresta, que camina sin alma y sin luz. Piñeiro es el autor pero a ratos no parece estar al tanto de los sentimientos e ideas de sus casi cien personajes. Piñari debería saberlo aunque solo sea para no hacerle caso a esa tropa centenaria. Probablemente, nadie se toma en serio a nadie pues como decía un personaje de Urzagasti, don Bomotzo: “La lengua humana es cada vez más profana, no dice nada y satisface atodo el mundo”. Piñari es un narrador cuyo delirio es ser el autor del libro. ¿O es tan solo el médium del gran vate pandino Gerónimo Abayar Alí, el poeta contrabandista?

Piñeiro junto con el mexicano Mario Bellatin, en el Encuentro de Escritores Iberoamericanos en Cochabamba, en 2014. Foto: Ricardo Bajo

Piñari ha llegado a Cobija —la ciudad más cara de Bolivia— para buscar una historia propia, para encontrar otra “sonoridad” para sus palabras y cultivarlas como si fueran delicados hongos. Pero es un escritor tan vulnerable —ha perdido el alma que es perderlo todo— que en la selva un tigre se lo comería con asco. Está aperreado, mugre (como todo colla en la selva, es de profusa sudoración) y encima es medio caído del catre. Con su primer cuento Parece cóndor, me iré nomáshabía obtenido relativo éxito (y fama de escritor bueno y vidente), pero con su segundo texto las palabras sonaban gastadas en una repetición.

En el tiempo de la siringa, Cobija era una ciudad cosmopolita. Los trasatlánticos llegaban vaporeando los meandros del Amazonas hasta Puerto Bahía, que así se llamaba entonces. Después todo se fue al cuerno. Todo.

Foto: Ricardo Bajo

¿Qué busca Piñari en la selva? Fama, aventura, un pueblo edénico, una civilización arcádica, una nueva humanidad o un poeta desconocido que le cuente una historia para recuperar su voz y no repetirse. No, ha ido a buscar un brillo que ahogue la oscuridad (creativa) de antaño. Narrar sin que te vean los personajes es peligroso, va contras las reglas.

Piñeiro corre riesgos para no perder los recuerdos, su gran temor. Ante eso, todo cambia, solo permanece la melancolía de un alma enmudecida que una vez tuvo una memoria pero la ha olvidado. Los duendes roban los recuerdos en la selva. “Mientras recorres, vas perdiendo memoria. Por eso el olor es tan poderoso pues activas cosas olvidadas, cosas guardadas en algún rincón nuestro. La literatura también es un acceso a los recuerdos. Pero el narrador no tiene que tener una historia detrás, no debe poseer una memoria muy fuerte pues ésta le impedirá escribir”, define “Piñas” mientras apura la segunda chela y el cenicero se llena de colillas.

Más allá todavía, detrás de una corona de pájaros, en una banca luminosa de la plaza, está sentado un indio con los ojos abiertos, protegido por las hierbas de su intocado territorio, una nube húmeda de gérmenes recubre sus palabras, lo preserva de la enfermedad con garras invisibles, es transparente, el indio es transparente, por eso las miradas oscuras lo traspasan.

‘Reflejo inexacto’, una ilustración de Mario Andrés Piñeiro, incluida en el libro. Foto: Ricardo Bajo

Si en Cuando Sara Chura despierte (su celebrada primera novela, 2003)  y en Ilimani púrpura, La Paz era un personaje, ahora lo es Cobija, una ciudad de confluencia, un paisaje de “western” fronterizo y crepuscular donde el patrón distribuye el miedo. Y la selva, como cielo estrellado, como laboratorio humano de multiplicidad y trampa para cazar una nueva sonoridad de las palabras.

“Cuando publiqué mi tercer libro en 2013, el de cuentos, Serenata cósmica, me apresuré, la búsqueda de esa sonoridad viene entonces de un fracaso. Hace tres años, cuando reescribí esta novela, venía buscando que las palabras tengan su tiempo y su lugar. Me di cuenta de que las palabras hay que cuidarlas, cada palabra es un regalo, cuando mientes, cuando te acostumbras a mentir, tus palabras pierden fuerza. Me di cuenta de que repetirme como en mis dos primeras novelas no es bueno, te sabes la fórmula y ya. Manubiduyepe es una búsqueda de otra forma aunque se entronca con lo que siempre he buscado, fui a Cobija donde vivía mi padre, cerca de un río con Brasil al otro lado, para hallar una historia y la historia me ha encontrado a mí”. Por eso, Piñeiro sueña con algún día ser poeta, por ese culto a la palabra tan necesario en la poesía. Por eso, sabe que “la conciencia del lenguaje va más allá de la moralidad, las palabras tienen capacidad de evocación. Leo mucho más poesía que narrativa”.  

Las piedras verdaderas en la selva no existen y las que existen conforman los muros de las ciudades secretas que no existen en la floresta, ciudades ocultas por el eco envolvente de su pétrea vibración. Las palabras son las cosas más antiguas en la selva —planetario del universo—, todo muere y nace al mismo tiempo, solo están las palabras que traen los espíritus. De Manubiduyepe, “invencible soldado de la floresta”, el monte es su palabra. Es luz azul.

Dafne Milady es el primer personaje coral que se aparece en las páginas de Manubiduyepe, después del indio de la plaza, por supuesto. Dafne Milady es una estudiante obsesionada con la historia de una tribu no contactada del oceáno Índico, los sentilenenses. También siente un llamado del indio toromona de la plaza. El horror va a llegar después. La tercera novela de Piñeiro tiene tres ilustraciones: Tardígrado de Juan Ignacio Revollo (página 12), Reflejo inexacto de Mario Andrés Piñeiro (una hormiga, página 134) y La revolución invertida, detalle de Diego Loayza (página 158). Las referencias en la novela son eclécticas: van de Saenz al Conrad de El corazón de las tinieblas; de César Vallejo a Urzagasti, de Lewis Carroll al Sertón de João Guimarães Rosa; de Pessoa y sus días triunfales al “Zeke” Rosso. Que el lector complete la lista.

En cada ser las palabras están contadas. En la propia sangre se puede ver reflejado el estado del mundo que en el fondo es una extensión de cada cuerpo. La sangre es lo que se deja, es la ofrenda, ahí está el registro, la llave y especialmente la asignatura. Corre a diario por infinitos kilómetros del cuerpo, como una sustancia marina, lunar, profética. Por eso es que la escritura no es más que un misterio. Tiene que ser un misterio.

“Para no dar un mensaje, una verdad única, para aplacar el ego del escritor, he sacrificado a la voz narradora, Piñari queda como un cabrón en esa challacocktail final, lo hago para perder pretenciosidad, para depurarme”, confiesa Piñeiro cuando las chelas casi se terminan y en el cenicero no entra ya un pucho más.

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