Antes de que el Presidente del Directorio de esta casa periodística me proponga, una tarde de octubre de 2010, asumir la dirección de semejante barco delante de una diminuta taza de café, yo tenía y sostenía con puntualidad y esfuerzo una columna quincenal en La Razón: Efecto libélula. Sin duda el nombre se inspiró del “efecto mariposa” según el cual el aleteo de una simple mariposa puede provocar un tifón al otro lado del mundo. El Efecto libélula, al contrario, fue un vuelo apenas perceptible alrededor de la impresionante rotativa en el vientre de la montaña de Auquisamaña. Le tomé cariño al curioso animal: grandes ojos, inofensivo con el ser humano, sin piedad con moscas y mosquitos. En Japón son tan apreciadas como las mariposas o los pequeños pájaros. Con su aire prehistórico, están impresas en las armaduras de los samuráis porque simbolizan el poder, la agilidad y sobre todo la victoria. En China las asocian a la prosperidad, la armonía y la buena suerte. En América son símbolo de felicidad, velocidad y pureza. Pueden copular en pleno vuelo. ¿Cómo resistirse al encanto de la libélula? Sí, tiene sus debilidades, pero nunca como para confundirlas con los Caballitos del diablo, otros insectos que vuelan por la zona y que cazan sus presas cuando éstas no se mueven; muerden (diría que ladran también) pero son totalmente inofensivos. Todos insectos en el gran universo, al final del día.

Desde el 15 de octubre de 2010 dejamos congelado el desapercibido vuelo de nuestra querida libélula; fue cuando acepté el desafío de encarar la dirección de la empresa y mi alada quedó guardada en su papel periódico. Supongo que solo yo la extrañé. Silenció porque asumí que se debía sacrificar lo que se quería decir por “lo que se debía decir” desde la posición editorial de este diario. Y así fue durante una década. Este 2020 vuelvo a ensayar la voz de esta columna. La razón es, cuando no, La Razón.

El motor es compartir posiciones personales; es intentar un aleteo alrededor de lo que no califica para un editorial, es también contar lo que se vive en esta montaña energética, es plantear interpretaciones casadas únicamente con las letras de la firma de esta columna. El ataque a este diario (al propietario Carlos Gill y a quienes desempeñamos funciones de responsabilidad y decisión) ha sido tan entusiasta que me ha invitado a participar del abanico de lecturas sobre La Razón o desde un rincón de La Razón. A unirme al hualaycheo.  

Vamos entonces: el 30 aniversario de este diario ha coincidido con la peor de sus crisis: la tormenta en cámara lenta de los medios impresos del mundo después de la metamorfosis tecnológica; la crisis transversal boliviana postelectoral cuyo brazo político estaba claramente enganchado al económico en todos los rubros de la producción boliviana; la pandemia (ella sí, de enormes alas e implacables dientes). Sena quina. La transformación de La Razón y Extra no esperaba más. Tampoco lo harían sus ya conocidos detractores. Se las jugaron todas: aparecieron cartas de todos los palos: los diamantes afilados de ciertos actores políticos, las espadas de contados periodistas siempre pendientes de este diario, los tréboles de la competencia desleal que sigue buscando su cuarta hoja de la suerte, pero también una que otra carta con un corazón.  Y el corazón fue cabalmente el blanco de las balas textuales, de las acusaciones/sentencias hace años atragantadas en almas adoloridas. Pero el amor es más fuerte. El corazón sobrevive latiendo. Tiene el oficio innato de amar. Es entonces que el Efecto libélula cede el paso a una letra: la A, que a veces habla, muchas veces calla, siempre siente. Es que el amor es más fuerte. La libélula vuela en forma de A y se dibuja La A amante. Es que el amor es más fuerte.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.