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martes 20 oct 2020 | Actualizado a 12:42

Legitimidad y legalidad

/ 13 de julio de 2020 / 01:29

Giorgio Agamben en su pequeño libro «El misterio del mal» (Buenos Aires, AH editores, 2013) trata de encontrar en la renuncia del papa Benedicto XVI la excusa para cuestionar las relaciones entre legalidad y legitimidad, dos de los principios esenciales de la tradición ético política del derecho occidental.

Entendamos inicialmente por legalidad a aquello relacionado o conforme a la ley en su aspecto formal, y por legitimidad a aquel consenso voluntario para aceptar la autoridad y la ley.

Giorgio Agamben considera que la crisis de la sociedad contemporánea no es solo de legalidad sino y ante todo de legitimidad, esto quiere decir que no se trata de cuantas leyes existan o cuantas reformas a la ley se realicen sino que el problema de fondo radica en que está ausente ese consenso voluntario para aceptar la ley, está ausente la credulidad en la ley y en las instituciones que las aplican.

Una crisis que golpea la legitimidad no puede resolverse exclusivamente en el plano del derecho y en consecuencia no es un problema que convoque solo a juristas. En casos de crisis de legitimidad el derecho pierde su contacto con la realidad y empieza a experimentar un exceso de legalidad en lo formal. Dicho en otros términos, a menor legitimidad mayor cantidad de leyes, decretos y reformas y también mayor desesperación por llevar estas reformas a cabo.

En palabras de Agamben: el intento de la Modernidad de hacer coincidir legalidad y legitimidad, buscando asegurar por el derecho positivo la legitimidad de un poder, es —como resulta del indetenible proceso de decadencia en el que han entrado nuestras instituciones democráticas— absolutamente insuficiente.

Entonces, siguiendo este razonamiento, la crisis de las instituciones de justicia no es una crisis de legalidad, es decir no se soluciona con la proliferación de normas ni con la reforma legal de dichas instituciones, sino que se trata de una crisis de legitimidad. No existe el consenso voluntario para creer en el poder judicial ni en los abogados.

En consecuencia, un programa de reforma de la justicia no debe concentrarse únicamente en desarrollar más leyes, sino que debe partir con un balance de lo que es necesario para que las instituciones de justicia sean legítimas, independientes y aspiren a realizar la justicia. Es decir un sinceramiento de la justicia que se quiere. Y este no es un problema de juristas. Es más, el razonamiento de éstos los lleva a proponer más leyes y más reformas, pretendiendo que el problema es de papel.

La crisis de legitimidad es en el fondo un asunto político que tiene que ver con el uso que se hizo de las instituciones de justicia en el pasado inmediato y el que se quiere hacer hoy.

La fuerza del derecho se encuentra en la credibilidad de las instituciones de justicia.

* Farit Rojas T. es abogado y filósofo

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Aborto seguro y gratuito

Escribo esta columna en memoria de Sandra Aliaga. Nuestro homenaje a su vida es mantener la lucha por evitar más mujeres muertas o niñas obligadas a ser madres.

/ 7 de octubre de 2020 / 15:26

Este 28 de septiembre, como lo hacemos cada año, el movimiento de mujeres y los feminismos del mundo demandamos a los Estados garantizar el pleno derecho de decidir sobre nuestros cuerpos para asegurar la vida y la salud de las niñas y las mujeres.

Nuestra voz se amplió inundando las redes sociales de una marea verde, símbolo del derecho a decidir. Algunos grupos lograron burlar la cuarentena y realizaron plantones callejeros y marchas: las paceñas, cochabambinas y tarijeñas se autoconvocaron para protestar; las feministas cruceñas, en las tierras donde reinan los Camachos, el Comité Cívico y la Conferencia Episcopal, lograron realizar un plantón frente a la catedral. Y, como cada año, enfrentaron el odio y la doble moral de esta sociedad que pretende tutelar nuestros cuerpos.

Este año nuestra protesta se fortalece frente a un hecho desgarrador: el Sistema Nacional de Información en Salud (SNIS) ha publicado que, entre enero a julio de 2020, en Bolivia se registraron 90 embarazos en niñas y adolescentes cada día, y de ellas, al menos 4 son menores de 15 años, la mayoría producto de violación. Solo en lo que va de este año de crisis sanitaria, y con las dificultades de acceder al sistema de salud, 19.233 niñas y jovencitas tendrán que decidir abortar en la clandestinidad o continuar con un embarazo no planificado. Por ello, los abortos inseguros y clandestinos ubican a Bolivia entre los países con las tasas más altas de muertes maternas en América Latina.

Desde la década del 70 en nuestro país el aborto es legal en caso de violación, si la salud de la mujer corre algún riesgo y si existe malformación fetal incompatible con la vida. A esto se suma que desde 2014 una sentencia constitucional eliminó el requisito de presentar autorización judicial para proceder con la interrupción legal del embarazo (ILE). Sin embargo, persisten prejuicios y desconocimiento de la norma que obstaculizan el ejercicio de este derecho. Este año, un informe elaborado por la Defensoría del Pueblo revela que nueve de cada 10 prestadores en salud en 44 centros de salud en el ámbito nacional desconocen en qué casos procede la ILE.

Pero seamos claras. En Bolivia la interrupción del embarazo de manera clandestina es una práctica frecuente. En una investigación realizada en 2010 se pudo constatar que una de cada dos mujeres ha enfrentado un embarazo no deseado en su vida y más de una de cada 10 revela haberse realizado un aborto inducido incluso con riesgo de ir a la cárcel. Una mayor o menor inseguridad de esta práctica tiene relación directa con el privilegio de clase.

Así, mujeres de estratos económicos altos tienen recursos y acceso a información para someterse a un aborto en una clínica privada o acceder a un médico que le recete (y tal vez le venda) la mifepristona y el misoprostol. En cambio, son las mujeres de escasos recursos quienes se juegan la vida al intentar provocarse un aborto. Por ello, de acuerdo con el Estudio Nacional de Mortalidad Materna (2011), el 13% de las muertes maternas son causadas por el aborto. En este, como en muchos casos, el Estado boliviano continúa fallando a las mujeres como garante de derechos.

Por ello, cada 28 de septiembre, nos tendrán en las calles gritando hasta que todas las mujeres sepan que, en caso de violación o riesgo para su vida y su salud, pueden acceder a una interrupción legal de embarazo en un centro público de salud, sin miedo a morir o ir a la cárcel. Y seguiremos luchando por la ampliación de causales para salvar la vida de muchas mujeres que no quieren ser madres por no tener condiciones económicas, personales o afectivas.

Escribo esta columna en memoria de Sandra Aliaga. Nuestro homenaje a su vida es mantener la lucha por evitar más mujeres muertas o niñas obligadas a ser madres. ¡Nosotras parimos, nosotras decidimos!

*Es cientista social

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El meme infinito

/ 7 de octubre de 2020 / 15:20

El esperado primer debate de la historia electoral de Bolivia no fue debate, apenas fue un meme (infinito). El formato, la penosa realización (mal sonido, peor imagen, impropia de ATB) y las superficiales intervenciones dejaron el sábado un profundo sabor a nada. La “memeficación” de la política llegó a todo el mundo para desmitificar a los políticos. A Bolivia arribó para reírnos de ellos. Atravesamos una crisis múltiple, también intelectual.

Luis Arce: el candidato que va primero no debate; “nunca, jamás, never in the life”. Es la regla número uno de los manuales de campaña. Lucho puede tocar guitarra, cantar y almorzar con el pueblo pero no va a ganar ningún concurso de carisma o quizás si, uno que se llame “el emo del año”. Ergo, los “debates” espectacularizados no son ni serán su cancha favorita. Arce tiene programa, tiene plan, tiene ideas y… tiene un bajón de azúcar. ¿Tenía su tacita blanca un mate de tilo? Fue el “Martin Prince” de la noche; el “nerd” de los Simpson pero con clonazepam.

Carlos Mesa: es el mejor orador de Bolivia, de lejos. Dejó el saco y se puso camisa metida por dentro con barriga promisoria (en un país que sufre para comer no es la mejor imagen a transmitir). Su video llegó sin audio (otro error de principiantes de sus asesores o ¿fuiste tú otra vez, Mario Espinoza?). Eludió todas las referencias a un pasado que lo persigue como sombra de película expresionista. Canchereó e hizo alusiones personales (contra Arce y sus “canastas”) sin hacer alusiones personales. Su “nunca, jamás, never in the life” (frase de changos para seducir al electorado joven) fue trending topic y el gran meme del debate.

Luis Fernando Camacho: el terno (y Bolivia) le quedan grande. Alguien se lo ha prestado, seguramente su papá. Tuvo un minuto para hablar y respondió con un minuto de silencio. Fue changueado por Tuto cuando lo llamó “Luisfer” (juro que escuché Lucifer) para agradecerle su “trabajo” en el golpe. Lució un rosario enroscado en la muñeca y en el dedo cuando se lleva colgado en el pecho, otro error de principiantes de sus asesores bíblicos. Su propuesta estrella, fiel a su confesado machismo/misoginia, fue: “la mujer está para atender la casa, luego si quiere puede trabajar o estudiar”. Otro meme del no debate. Al final, debió llorar pero no lo hizo.

Chi: tuvo problemas con el idioma castellano, leyó demasiado sus papeles y su quinta palabra en su primera intervención fue “comunismo”. Su propuesta estrella fue: “hacer del Salar de Uyuni la ciudad de Las Vegas pero sin promiscuidad”. Si no fuera un candidato abiertamente odiador y ultraconservador, sería “chi-stoso”. Al final, prometió un “gobierno moral de Dios”. Y cantó, sí cantó, para “Él”, como en la iglesia. Ni con un milagro gana.

Tuto Quiroga: es el eterno superpreparado corredor de fondo que jamás llega a la meta. Quizás por eso acudió con saco, corbata y… tenis. Quizás por eso, en las pausas, hizo ejercicios de estiramiento. Repitió el mismo discurso privatizador fracasado de hace décadas. Es el alumno jailón de la clase que nunca aprendió lo esencial. Para muchos ganó el debate. Somos un país generoso.

Feliciano Mamani: ¿alguien le puede explicar a este señor con casco minero qué significa una estrella de David cosida en la camisa? Al borde de un colapso nervioso, su voz tembló y cuando le dieron un pase de gol para empujarla a la red (la pregunta sobre la minería cooperativista), respondió sobre las casas que hay que construir para las parejas jóvenes. ¿Qué hora es Feliciano? Manzanas traigo… y una estrella, también traigo. “Van a disculpar pero no pude preparar bien mi exposición”. Otro meme del “Godínez” de la noche.

María de la Cruz Bayá: alguien le dijo a la señora que iba a estar entre puro hombres (lamentablemente la política todavía es vista como territorio del macho) y que debía comportarse con supuestos valores varoniles, es decir, agresividad y coraje. Se le fue la mano, señora. La tacita de tilo del Lucho era para usted. Cuando se cansó de reñir, se bajoneó. Ha escrito, dice, 17 libros pero tiene un serio problema para regular sus emociones.

El no debate fue un “concurso de talentos” de colegio: uno cantó, otra declamó, otro soltó su frase ingeniosa, otro rimó, otro estrenó terno… y así hasta el meme infinito. Con razón no habíamos tenido debate en 18 años.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Reclamamos respeto

/ 7 de octubre de 2020 / 15:18

Demasiadas entrevistas, demasiados foros, demasiadas promesas, todo olvidable, cansador, nada convincente, cientos de promesas espantadas ante el polígrafo, ese en resumen es el sentimiento que queda de la participación de los candidatos a la presidencia de Bolivia. Mirándolos, escuchándolos, uno se pregunta: ¿Nos merecemos estos candidatos? Tienta contestar que no, entonces ¿qué necesitamos? ¿Expertos de Harvard? No. ¿Millonarios a los que ya no les interese robar las pobrezas que son nuestras riquezas? No.  ¿Grandes estadistas, premios Nobel de Economía, gurús politólogos? No, no y no.

¿Entonces qué? Una respuesta digna es que los bolivianos necesitamos alguien que nos respete y se respete. Necesitamos decencia. Esa respuesta es el reclamo de un país donde se ha clausurado el año escolar y vive retrasando el derecho a la educación de sus niños y sus adolescentes, quienes solo se preparan para repetir la mediocridad que observamos indignados en el circo electoral al que nos someten.

El reclamo de respeto es el de los bolivianos que peregrinaron por los centros de salud para ser atendidos por el COVID-19 y se encontraron con las puertas cerradas porque no había condiciones, mientras llegaban respiradores defectuosos, falsos, inservibles, útiles solo para acumularse donde ni siquiera se recuerde el lugar en el momento de auditarlos. El pedido de respeto es el de los enfermos de cáncer que cumplen una huelga de hambre reclamando la atención que les niegan las clínicas privadas porque el Estado no honró su deuda desde hace meses. Entretanto un letrero en una avenida paceña les envía la promesa electoral de atención gratuita a los pacientes de cáncer, sin tener seguridad de lo llenas o vacías que estén las arcas del Estado.

Aproximadamente 5.000 personas quedaron sin trabajo y ahora viven pendientes de cualquier chispa de esperanza. Estos días los candidatos despilfarraron las ofertas laborales, como prestidigitadores con poco talento abrieron su abanico de ofrecimientos. La gente mide sus posibilidades, tantea sus bolsillos, le bailan en la cabeza las cifras de antiguas promesas, vuelve a pensar en sus posibilidades, otra vez comprueba cuán vacíos están sus bolsillos, entonces las ofertas le suenan como un televisor al final de la emisión.

Cada quien defendiendo su microespacio de influencia se atreve a poner nombres de ganadores en uno u otro debate. Las noticias no son buenas, no hay ganadores, porque las ofertas electorales están lejos de la realidad. Sobre todo de la vida cotidiana de la mayoría de esta sociedad, los que no fueron encuestados, a los que les tiene sin cuidado el foro, el debate, la entrevista, que aunque viven ignorados, no son ignorantes y saben que finalmente, ellos deciden.

Lucía Sauma es periodista.

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La libélula y la A

/ 13 de septiembre de 2020 / 07:42

Antes de que el Presidente del Directorio de esta casa periodística me proponga, una tarde de octubre de 2010, asumir la dirección de semejante barco delante de una diminuta taza de café, yo tenía y sostenía con puntualidad y esfuerzo una columna quincenal en La Razón: Efecto libélula. Sin duda el nombre se inspiró del “efecto mariposa” según el cual el aleteo de una simple mariposa puede provocar un tifón al otro lado del mundo. El Efecto libélula, al contrario, fue un vuelo apenas perceptible alrededor de la impresionante rotativa en el vientre de la montaña de Auquisamaña. Le tomé cariño al curioso animal: grandes ojos, inofensivo con el ser humano, sin piedad con moscas y mosquitos. En Japón son tan apreciadas como las mariposas o los pequeños pájaros. Con su aire prehistórico, están impresas en las armaduras de los samuráis porque simbolizan el poder, la agilidad y sobre todo la victoria. En China las asocian a la prosperidad, la armonía y la buena suerte. En América son símbolo de felicidad, velocidad y pureza. Pueden copular en pleno vuelo. ¿Cómo resistirse al encanto de la libélula? Sí, tiene sus debilidades, pero nunca como para confundirlas con los Caballitos del diablo, otros insectos que vuelan por la zona y que cazan sus presas cuando éstas no se mueven; muerden (diría que ladran también) pero son totalmente inofensivos. Todos insectos en el gran universo, al final del día.

Desde el 15 de octubre de 2010 dejamos congelado el desapercibido vuelo de nuestra querida libélula; fue cuando acepté el desafío de encarar la dirección de la empresa y mi alada quedó guardada en su papel periódico. Supongo que solo yo la extrañé. Silenció porque asumí que se debía sacrificar lo que se quería decir por “lo que se debía decir” desde la posición editorial de este diario. Y así fue durante una década. Este 2020 vuelvo a ensayar la voz de esta columna. La razón es, cuando no, La Razón.

El motor es compartir posiciones personales; es intentar un aleteo alrededor de lo que no califica para un editorial, es también contar lo que se vive en esta montaña energética, es plantear interpretaciones casadas únicamente con las letras de la firma de esta columna. El ataque a este diario (al propietario Carlos Gill y a quienes desempeñamos funciones de responsabilidad y decisión) ha sido tan entusiasta que me ha invitado a participar del abanico de lecturas sobre La Razón o desde un rincón de La Razón. A unirme al hualaycheo.  

Vamos entonces: el 30 aniversario de este diario ha coincidido con la peor de sus crisis: la tormenta en cámara lenta de los medios impresos del mundo después de la metamorfosis tecnológica; la crisis transversal boliviana postelectoral cuyo brazo político estaba claramente enganchado al económico en todos los rubros de la producción boliviana; la pandemia (ella sí, de enormes alas e implacables dientes). Sena quina. La transformación de La Razón y Extra no esperaba más. Tampoco lo harían sus ya conocidos detractores. Se las jugaron todas: aparecieron cartas de todos los palos: los diamantes afilados de ciertos actores políticos, las espadas de contados periodistas siempre pendientes de este diario, los tréboles de la competencia desleal que sigue buscando su cuarta hoja de la suerte, pero también una que otra carta con un corazón.  Y el corazón fue cabalmente el blanco de las balas textuales, de las acusaciones/sentencias hace años atragantadas en almas adoloridas. Pero el amor es más fuerte. El corazón sobrevive latiendo. Tiene el oficio innato de amar. Es entonces que el Efecto libélula cede el paso a una letra: la A, que a veces habla, muchas veces calla, siempre siente. Es que el amor es más fuerte. La libélula vuela en forma de A y se dibuja La A amante. Es que el amor es más fuerte.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Catástrofe sanitaria en Bolivia

/ 10 de agosto de 2020 / 12:04

Hace algo más de tres meses, por este mismo medio, publicamos una seria advertencia en el sentido de que nuestro sistema sanitario no estaba en absoluto preparado para afrontar la crisis que se le venía encima. En aquella ocasión también dijimos que era necesario tomar consciencia de que nuestro sistema de salud carece de la capacidad de proteger a la ciudadanía en circunstancias como la actual. Hoy, a casi 100 días de aquella voz de alarma, vemos con enorme tristeza cómo el país se ve abocado a una crisis sanitaria de proporciones bíblicas sin que los actuales gobernantes muestren la más mínima sensibilidad ni capacidad para gestionarla.

La parálisis de la acción gubernamental solo es comparable, en su gravedad, con la propia pandemia, pero lo más preocupante del caso es que el actual “gobierno transitorio” tampoco parece mostrar ningún “síntoma” de querer o siquiera intentar mejorar su performance.

El anunciado colapso del sistema sanitario e incluso de los servicios funerarios y la falta de respuesta ante hechos tan dramáticos como el abandono de cadáveres en calles de las ciudades por falta de apoyo de las autoridades, ha puesto a Bolivia en las pantallas de todo el mundo como el más claro ejemplo del horror más descarnado y de la ineptitud de una administración, que no merece ese nombre.

Hay una serie de tareas urgentes que es necesario encarar de forma perentoria si no queremos ser testigos de más horror y de más inhumanidad.

El colapso del sistema hospitalario hace necesaria la construcción urgente de hospitales de campaña donde puedan centralizarse los pacientes enfermos de COVID-19. Deberían crearse al menos tres de estos centros de urgencia en las ciudades troncales del país: La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Suponemos que nuestras Fuerzas Armadas están (o deberían estarlo) capacitadas para poner a funcionar ese tipo de instalaciones en un plazo muy breve. Eso inicialmente, pero se deben tomar previsiones de que estos centros provisionales puedan ser levantados también en otras áreas del país.

A los pacientes del resto del territorio nacional se les debería ofrecer, según triaje y valoración médica de la gravedad del caso, su desplazamiento a cualquiera de los centros COVID-19 principales o secundarios que se vayan creando. No debemos olvidar que, además de los pacientes con COVID-19, hay otros pacientes con otras patologías, que también requieren atención médica u hospitalaria, por lo cual es imperativo descongestionar la red de hospitales para evitar un colapso aún mayor. Esto es urgente, no hay tiempo que perder y se debe hacer en el plazo más breve posible.

Otra tarea urgente es la dotación de insumos al personal sanitario: equipos de protección individual (EPI), barbijos de alta protección (N95 o FFP2), batas o mandiles de protección, pantallas de protección facial y guantes.

Por consideración y respeto a nuestros ciudadanos, las autoridades pertinentes tienen que arbitrar las medidas más urgentes para que no se sigan produciendo los casos lamentables de personas fallecidas en sus domicilios, cuyos cadáveres sean recogidos en el plazo más breve posible a las dependencias que esas mismas autoridades consideren oportuno.

Aunque sea por vergüenza de país, no podemos seguir dando al mundo un espectáculo tan lamentable y dantesco como el de los cadáveres abandonados en medio de vías públicas solo por falta de atención de las autoridades.

La lista de recomendaciones es muy larga, pero la principal es que de una vez por todas el Gobierno y las otras autoridades del país deben ponerse en marcha sin perder un segundo. El haber asumido sus cargos como autoridades les obliga a responsabilizarse del destino de los ciudadanos en estas duras circunstancias y a poner todos los recursos del Estado al servicio de esos ciudadanos.

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